sábado, 13 de junio de 2009

Nuevo blog

Hoy no hay un relato corto, sino muchos.
Os dejo el enlace de un nuevo blog, en el que participaré de vez en cuando. En él, cualquiera puede publicar relatos cortos.Si quereis colaborar decidlo y os mandarán una invitación.
Dejo el enlace permanente en el lateral, donde podreis ver las ultimas novedades y relatos. Ya me direis que os parece.

lunes, 8 de junio de 2009

Secretos

Todos tenemos secretos. Secretos grandes, secretos pequeños, secretos privados y secretos a voces. Todos sabemos secretos demasiado importantes para contarlos, pero demasiado jugosos para callarlos.
¿Cuánto viven los secretos? Porque, antes o después, todos mueren. Pasan de ser confesiones privadas a tema de conversación público. Y, cuanto mayor es su importancia, antes caducan.

“Yo te guardo el secreto”.
“No se lo diremos a nadie”.
Mentira. Al final todo se sabe, al final la verdad siempre sale a la luz. Alguien se va de la lengua y da lugar a una pequeña pelotita que se convertirá en una gran bola de nieve, de esas que lo arrasan todo a su paso.

Andad con cuidado. No os escudéis en secretos ni viváis en la mentira, por pequeña e inofensiva que os parezca. Porque lo peor de los secretos son los daños colaterales.

jueves, 4 de junio de 2009

Una de esas noches

Leo se apoyó en la barra, cansada de tanto esperar. Increíble, aquella noche era invisible hasta para el camarero. A este paso iba a tener que subirse a la barra y bailar algo para que la hicieran caso…
O tal vez no.
De pronto, una mano se posó en su cintura. Pero ella no se asustó. Llevaba toda la noche esperándolo. Y, en vez de darse la vuelta y mirarle, se quedó inmóvil para que él tuviera que acercarse.
-¿Qué tomas?
-Nada especial. Sólo quería una cerveza.
-Que sean 2, invito yo.
-Pues gracias. Y suerte, igual a ti te ve en camarero.
Mario se acercó a la barra, pero su mano seguía en la cintura de Leo.
-¿Te molesta?

"¿Molestarme?" Pensó ella. "Estoy casi en el cielo…"

-No, no, no. Tranquilo.
-Es por si te caes. En fin, ya conozco esa costumbre tuya de acabar por los suelos junto a las barras de los bares…
-Dios mío, matas un perro y te llaman mataperros.
-¡Ja ja ja!- Leo se perdió en su sonrisa, no podía creer que, por fin, estuviera pasando.- Tranquila, que hoy estoy yo aquí.
-Ya, ¿y?
-Si veo intentos arrojadizos, te agarraré con fuerzas.
-Se mantenerme de pie solita, no te creas.

Mario la miraba desde la picardía de sus ojos verdes. Y ella sabía que estaba a punto de pasar, se notaba. Hubiera jurado que, si alguien estuviera mirando, estaría esperando un beso, igual que lo esperaba ella. O no tanto, porque ella sabía que quería besarle desde que le conoció, hacia ya… ¿Cuánto era? No lo sabía. No se acordaba. Y, en realidad, no le importaba. El tiempo esperado iba a dar igual cuando se besaran. Porque se iban a besar, ¿no?

-Ahí están las cervezas. Ay, rubia, si es que hay que tener un poco de paciencia para que te atiendan como es debido.

Mierda. Mierda mierda mierda. El momento se había roto. Ya está. No podría volver a lograrlo, no podría volver a crear el ambiente perfecto. Maldito camarero, siempre inoportuno. Miró en dirección opuesta a la barra para no verle, y, entonces…ella. No podía ser. Al moverse él para coger las cervezas, Leo pudo ver unos ojos, al fondo, que la miraban con asco. Y con rabia. Pero, sobre todo, con celos.
Y entonces lo entendió. Era demasiado bonito para ser cierto. ¿Por qué alguien como él se iba a acercar a ella y a invitarla a una copa, cuando diariamente casi ni se hablaban? Era una simple cuestión estratégica. Era sólo un comodín, el puente hacia la reconciliación con esa bruja que la miraba desde el fondo, a punto de estallar en llamas.
Hay noches que una debería quedarse en casa.

-Aquí tienes la tuya. Chin chin.
-Ya, si. Te la puedes quedar.- Leo apartó la mano de Mario de su cintura e intentó abrirse paso entre la multitud.
-¿Qué pasa?
-¿Qué te crees? ¿Que soy idiota? La he visto, no estoy ciega. Te has acercado a mí y me has usado como excusa para darle celos.

Salió disparada, pero él la agarró por el brazo.

-En realidad, he usado los celos contra ella como excusa para acercarme a ti. Son cosas totalmente opuestas.

Hay noches que una debería quedarse en casa.
Pero, desde luego, esta no era una de esas noches.

jueves, 28 de mayo de 2009

Terapia de chocolate

-Bien, punto uno: deja de salir con chicas con nombres de tío.
-¿Perdona?
-Alex, Chus…
-Leo…
-Exacto, tenemos que corregir esa afición por lo masculino antes de que te enamores irremediablemente de mí.
-Tarde.
-Muy gracioso. Oye, a ver si vas a tener un lado gay reprimido…
-Lo dudo. Me gustan las mujeres más que el chocolate.
-Imposible. No hay nada mejor que el chocolate. Yo sería incapaz de hacer esa afirmación.
-Porque aún no has probado a un hombre de verdad.
-¿Los hombres de verdad saben a chocolate?
-Desde luego. Cuando quieras comprobarlo no tienes más que darme un bocado.
-Pues, ahora que lo dices, me está entrando hambre…

miércoles, 6 de mayo de 2009

Gestos

Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuanto tiempo llevaba escondida, sollozando en silencio. No quería que nadie la viera, no quería romper a llorar explicando que ni siquiera ella sabía qué le pasaba.

Se lavó la cara, respiró hondo. Una más. Sólo una hora más y se podría ir a casa.
Se asomó al pasillo. No había nadie. Si nadie la veía salir de allí podría justificar sus ojos rojos por la alergia a la cantidad de polen que había en la calle. Pero al salir del baño le vio de frente. No podía mentir. Estaba delante, la veía con la cara hinchada y los ojos rojos, y ella no tenía justificación.
Tomó aire y se preparó para la tanda de preguntas.

Pero, en vez de eso, él la abrazo. Con todas sus fuerzas, con todo su amor. Y la calmó. Le frotó la espalda, le besó la frente y siguió su camino.

No lloró más en todo el día.
Y, aunque no hablaron nunca más de ese encuentro, desde ese día cuando él sonríe, algo dentro de Claudia se calma.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mamá

Hace unos días me hicieron una simple pregunta:
“¿Qué recuerdos tienes de tu madre de cuando eras pequeña? Va, elígeme sólo cinco.”
Cinco. Sólo cinco. Pues bien, en ese momento no fui capaz de tener un solo recuerdo exclusivo de mi madre. Y es que, en realidad, de cuando era pequeña relaciono a mi madre con sensaciones, con experiencias generales, pero no con recuerdos completos. Y, al principio, esta sensación de no tener nada de mi madre me asustó… ¿qué clase de persona no recuerda nada de su madre? ¿Acaso yo no tuve momentos, experiencias, una tierna infancia con mi madre?

Pero, si me paro a pensarlo, hay infinidad de situaciones en las que mi madre está presente. Si cierro los ojos la veo planchando las faldas de pastoras la mañana de la fiesta de Navidad; la veo haciéndome cosquillas en la cara cuando no podía dormir, quedándose conmigo un rato cuando tenía una mala noche o una pesadilla.

Recuerdo los martes, que era la noche del pescado, pero, para compensar, mi madre se inventó que era el día de la semana que podíamos ver una película, y con eso mi hermana y yo nos olvidábamos de lo demás; cuando nos perseguía con la cámara de video y, cada vez que empezaba a grabar, nos pedía que dijésemos la fecha y donde estábamos, cosa que yo decía con un tono de “que pesada eres mamá, si aparece automáticamente al grabar”, tono que sigo manteniendo; la recuerdo bailando con sus hermanas la canción de “natillas Danone” en la cocina de casa de mis tíos, mientras mis primos y yo las mirábamos alucinados, igual que la recuerdo fingiendo su propio parto saliendo de una enorme bolsa de basura en la cocina de Hoyo, usando el cable del teléfono como cordón umbilical, aunque de eso hace sólo un par de años.

Son incontables las veces que pintamos con pinturas de dedo con esas camisetas viejas; que yo jugaba con plastilina en casa mientras ella cocinaba; o las que me llevaba a la cama en brazos porque me había quedado dormida en el sofá. Pero creo que el recuerdo más importante de mi madre tiene dos dimensiones, y es una foto que mi padre me dio cuando era pequeña de ella con un pequeño pueblo detrás, y con la que yo dormía cuando mi madre no estaba y yo la echaba de menos, aunque sólo faltara una noche.

Al final me di cuenta de que, por supuesto, tengo recuerdos de mi madre. Y muchos. Porque podría seguir con un montón de situaciones, unas tiernas, otras dulces, y otras que harían las delicias de cualquier cazatalentos en busca de un nuevo cómico, y es que mi madre es sobre todo eso, muy gansa, muy risueña, muy paciente y muy cariñosa. Por supuesto también tiene un montón de cosas que no me gustan, incluso que detesto, pero lo cierto es que ahora mismo no me salen, tal vez por que no es el momento de hablar de ellas, o porque son cosas de las que sólo te das cuenta cuando ocurren.Y porque, en realidad, la mayoría, sino todos, los recuerdos que tengo de ella son positivos y alegres.

Si hoy me volvieran a hacer esa pregunta, posiblemente me quedaría de nuevo en blanco, aunque ahora se que no se debe a que no tenga recuerdos concretos, sino más bien a que tengo tantos que se bloquean unos a otros.

Gracias mamá.

jueves, 23 de abril de 2009

Tarde de café

-¿Me lo vas a contar?
- ¿El qué?
-Tú sabrás. Pero desde luego tienes algo que contarme. Si no ya me dirás qué hacemos aquí.
-Muy bonito. O sea, ¿que si te invito a un café es sólo porque necesito hablar de algo? ¿No puede ser porque me apetezca verte?
-Podría ser. Quizás me ha despistado que lleves toda la tarde con la mirada perdida, que tenga que repetírtelo todo tres veces, que tengas esa cara de no haber dormido o que lleves más de diez minutos dándole vueltas al café, que ya estará frío, por cierto.

Laura dejó el café y miró de golpe a su amiga. No podía ocultárselo, a ella no. Y, además, sino se lo contaba a alguien posiblemente acabara reventando.

-He cometido un error.
-¿De qué tipo? ¿Error tipo “la he cagado en el curro y me van a despedir”; del de “ayer bebí mucho y hice cosas que jamás habría hecho”; o más bien del tipo “he hecho algo indebido con el novio de mi mejor amiga”?
-Pues… en realidad es un poco de los tres. Es que… bueno…
Los ojos de Marta se abrieron repentinamente.
-Dime que no…
-A ver, no lo planeamos, surgió y punto. Y, para serte sincera, tampoco me arrepiento demasiado. Y tampoco es para tanto, ¿no? Al fin y al cabo lo dejaron hace unas semanas. De hecho fue ella quien le dejó, con lo que no puede decirme nada.

Marta la miraba con la boca abierta, sin saber si reprocharle su noche loca o aplaudirla por haberse dejado guiar por sus instintos por una vez.

-No se, fue… fue bonito, ¿sabes? Por raro que suene, porque íbamos algo borrachos, fue como si supiéramos que iba a pasar. Y fue tan genial…
-No hagas eso.
-¿Hacer qué?
-Poner esa cara. No te enamores de él.
-¿Cómo? ¡Ni hablar! Sólo digo que no estuvo mal. Además, eres tú la que siempre has dicho que hacíamos buena pareja y que si teníamos cachondeito, y feeling, y bla, bla, bla…
-Ay madre. Que te has enamorado de verdad.
-¡Que no!
-¡Te estás justificando! ¡Y me haces sentir culpable por algo que no he hecho yo, sino tú!
-Yo no… no me justifico… sólo digo que si pasó fue porque tenía que pasar. Y que Julia no tiene derecho a enfadarse porque ya ni eran novios ni nada. Y punto.
-Laura mírame. Mírame a los ojos y dime seriamente que no sientes absolutamente nada por él. Por favor.
-No pienso hacerlo. No tengo que demostrarte nada.
-Vale. Entonces supongo que como no fue nada se lo vas a contar a Julia, ¿no? Además, es algo que imagino que no se va a repetir…
Laura bajó la mirada de golpe.
-Porque no se va a repetir, ¿verdad?
-Hemos quedado esta tarde. ¡Pero sólo para hablar! Tenemos que aclararlo, saber bien qué pasó, ver si se lo contamos o no a Julia… quiere que sigan siendo amigos, ¿sabes? Y eso es bonito. Así que no puedes decir nada porque no sé lo que vamos a hacer.
-Te estás metiendo en un lío, lo sabes, ¿no?
-Soy mayorcita, gracias. Me voy a ir porque hemos quedado en media hora y no quiero llegar tarde. Marta por favor…
-A nadie, tranquila. Soy una tumba. Sólo una ultima pregunta.
-Una. Y me voy.
-¿Te gustó? Es decir… si pudieras volver atrás, ¿cambiarias algo de esa noche?
Laura miró a su amiga y comprendió el porqué de esa pregunta. Que capulla, siempre sabia encontrarle las cosquillas, su punto flaco, el agujerito en su muralla. Recogió el bolso y el abrigo y antes de irse añadió:
-Absolutamente nada.

Marta se acabó el café y salió a la calle. Dio un paseo y pasó por el videoclub para alquilar una película de esas de llorar hasta reventar, y luego hizo una paradita en el supermercado para llevarse una tarrina de helado de chocolate. Sabía que en menos de dos horas su mejor amiga la llamaría hecha un mar de lágrimas. Conocía perfectamente a Laura y sabía que no se lo vería venir.
Y, lo que era peor, conocía perfectamente a Jorge y sabía que no le importaría dejarla tirada. Lo sabía porque se lo había hecho a ella hacía solo 7 días. Pero esa ya era otra historia.

lunes, 20 de abril de 2009

Oidos sordos

-No sabes lo que me pasó el sábado.
Le miró, cansada de tantas historias. Oía cada mañana lo que tocaba, lo que él contara, con tal de escuchar su voz y de poder tener una excusa para mirarle durante un buen rato. Pero, en realidad, nada de lo que le contaba le interesaba lo más mínimo.
-Pues no. Ni se lo que te pasó ni me importa.
-¿perdona?
-Estoy harta. De pasarme los días escuchándote, de prestarte mis oídos y mi atención para oír absurdas batallitas de viernes por la noche. Estoy cansada de tus fantasmadas y de tus historias de faldas en las que siempre eres el más listo de la película. Pero sobre todo estoy cansada de que, haga lo que haga, ni me mires ni me escuches ni me prestes atención. ¿Qué sabes de mí? ¿Sabes lo que he hecho los últimos cuatro fines de semana? ¿Los últimos cuatro días? ¿Sabes lo que siento, si me pasa algo, o cuándo fue la última vez que tuve un mal día? No. No lo sabes. Tú no sabes nada porque nunca me escuchas, porque para ti sólo estás tú, tu vida y tus cosas. Pues búscate a otra idiota que te dore la píldora, porque yo renuncio a seguir dando sin recibir nada más que indiferencia.

-¡Claudia! ¿En que piensas?
-En que… bueno…
-Tía, en serio, no sabes lo que me ha pasado este fin de semana…

Habría sido bonito, por una vez, decir lo que sentía y haberle hecho ver que no era de cartón piedra ni estaba allí para escucharle.
Pero aquella mañana tampoco fue capaz de hacerlo.

jueves, 9 de abril de 2009

Relato subterraneo

-Bueno, ¿Cuál es el plan?
-Toma, ábrelo.
-Es un plano de metro.
-Exacto. Es nuestro horario para esta tarde. Cierra los ojos y señala un punto. Allí donde caiga tu dedo, iremos a visitarlo, por debajo y por encima. Y, cuando nos cansemos, vuelta al mapa. ¿Hay algún lugar que te apetezca visitar? ¿Alguno que no hayas visto nunca?
-Cualquiera. Nunca he visitado ninguno de esta forma…
Su dedo cayó sobre una estación del norte, línea 7. Había que hacer tres trasbordos para llegar, pero no les importó, ese era el plan.

No le sorprendió la idea. Con él era todo así: citas improvisadas, originales. No recordaba cuándo había tenido una cita normal. Aunque, en realidad, ¿qué es lo normal? ¿Lo rutinario? En tal caso se alegraba de que él estuviera por encima de eso.
Pasaron la tarde así, arriba y abajo, corriendo entre las riadas de gente, riendo entre estaciones y vagones de metro. Y en cada parada una historia, una experiencia pasada, una anécdota que contar. Fotos en el Bernabeu, besos en Cuatro Caminos y un helado en Sol. Y vuelta a perderse entre el gentío, entre la muchedumbre que llena el subterráneo de pasos y vidas comunes. Gente, gente y más gente. Aunque, en realidad, están ellos dos solos. El metro es su transporte privado, su carroza sin caballos. La ciudad, esta tarde, es sólo suya y de nadie más.

jueves, 2 de abril de 2009

Yo también te quiero

-A veces me cabrea estar enamorada de ti.
-¿Por qué?Eso demuestra que eres lista y que tienes clase y buen gusto.
-No. Como mucho demuestra que soy imbecil, que estoy ciega y que, además, me encanta sufrir...
-Eso es lo que más me gusta de tí.
-¿Mi autocrítica y falta de criterio?
-No tonta, tu sentido del humor. ¡Ah! Y yo también te quiero.