domingo, 23 de mayo de 2010

Cae la tarde en Madrid

Algún día escribiré sobre el amor profundo que le tengo a la capital de la Península.
Pero hoy no tengo tiempo. Sin embargo, os dejo con una de las mejores fotos que le he hecho a Madrid en mucho tiempo (y mira que me gusta retratarla en todos los ambientes).

Para que luego digan que se necesita una playa para un atardecer de película.

Felices exámenes a todo el mundo. Que la suerte os acompañe.

lunes, 17 de mayo de 2010

Idiota

-No sé si lo haces aposta o es que cada día te vuelves más idiota.
-Lo hago a posta; intento ponerme a tu nivel.

martes, 11 de mayo de 2010

La falta de costumbre

-Oye, estás muy guapa.
-Llevo una camiseta corriente y los mismos vaqueros de ayer. Va a haber sexo de todas formas, así que puedes ahorrarte el piropo.
-No, pero... si lo digo en serio. Estás muy guapa. No se si es el pelo o qué... pero tienes un brillo especial.
-Ah.. ah... perdona. Gracias. Es la falta de costumbre.
-No te procupes, lo convertiremos en algo cotidiano.

jueves, 6 de mayo de 2010

Espera sentado

Víctor se acerca a la mesa de Sandra mientras ella recoge sus cosas. Está guapísima, tiene el pelo mas claro gracias al sol y lleva una camiseta verde que le resalta los ojos. Ella le dedica un vago saludo levantado la cabeza y sigue recogiendo. Víctor le sonríe.
-¡Cuánto sin verte! ¿Cómo estás? Hace mucho que no se nada de ti.
-Porque hace mucho que no me llamas.- Contesta Sandra, bastante seca. “De hecho, hace tiempo que dejé de esperar una llamada tuya”, piensa.
-Lo siento, si. La verdad es que he estado bastante liado…
-Ya, seguro. Perdona, tengo algo de prisa.

Sandra cierra su mochila, se la echa al hombro y se dirige a la puerta. Víctor recoge su carpeta y corre detrás de ella.

-Vale, lo admito, he estado muy ausente. ¿Me perdonas si te invito a cenar?
Sandra sonríe antes de darse la vuelta. Es increíble, basta con no hacerles caso para que vengan detrás. Pero, qué narices, ¿por qué no seguirle el juego?
-Puede, si. Pero sólo si es en un lugar público.
-¡Ja! ¿Y eso? ¿Te da miedo el efecto que pueda ejercer sobre ti en un ambiente íntimo? –Y, mientras lo dice, Víctor le echa una de esas miradas que hace unas semanas habrían hecho que a Sandra le temblaran las piernas. Pero ella se da cuenta de que no volverá a caer en su red cuando esa mirada no le hace sentir absolutamente nada.
-No, temo el efecto que puedan hacerte mis encantos sin nadie alrededor.

Abre la puerta y, antes de que se adentre en la acera, Víctor insiste:
-Entonces, ¿qué? ¿Cenamos?
-Si, si. Llámame. O, mejor, ya te llamaré yo.
-Perfecto, cenamos donde tu digas ¿eh? Para que veas. Espero tu llamada entonces.

Sandra baja las escaleras y suspira. Se gira y le ve ahí, despidiéndose con la mano, y le da hasta lástima. Aunque luego, al darse cuenta de quien es, de lo que le ha hecho, ese sentimiento desaparece. Mientras se pone los cascos, piensa: “ya puedes buscar una silla, porque si esperas de pie vas a cansarte bastante.”

domingo, 2 de mayo de 2010

Si no quiero mirarla contigo

-No lo entiendes. ¡Nadie te va a querer como yo! Nadie va a tratarte como yo te he tratado, ni se va a portar tan bien contigo. Yo te lo habría dado todo, ¡todo! Estaba dispuesto a beberme los vientos por ti, a bajarte la Luna y a abandonarlo todo por ir donde tú me llevaras, estar donde fuera con tal de que estuviéramos juntos. No sólo me dejas a mí, abandonas la posibilidad de ser feliz como nunca lo has sido. Atraviesa esa puerta y estarás cometiendo un gran, gran error.
-Creo que el que no lo entiende eres tú. ¿De qué me sirve todo eso? ¿De qué me sirve que lo dejes todo si yo no quiero que me sigas? No me interesa que vayas tras de mí, no te lo he pedido nunca ni creo que una relación pueda basarse en eso. Puede que nadie me trate como tú, pero no quiero vivir como una reina con alguien a quien no quiero. No me sirve de nada tener la Luna si no quiero mirarla contigo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Musas

Pido perdón por mi ausencia, pero con esto del buen tiempo las musas deben de estar todas tiradas en algún césped y ya no vienen a verme.
Bueno, a veces se asoma alguna y me susurra una idea al oído, pero lo hace tan bajito que apenas la oigo. Y, además, la falta de tiempo por las prácticas tampoco ayuda a desarrollar las pocas ideas que se me ocurren.

Pero ahora, estaréis pensando, llueve. ¿No hará eso que las musas se recojan y te echen una mano?
Pues no, porque ellas no sólo se alimentan de los rayos del sol, sino también de la lluvia de primavera, esa fina que te moja sin empaparte, y con una temperatura tan agradable que puedes ir por la calle sin sentir nada de frío.
A las musas les gusta bailar al ritmo del sonido que hacen las gotas al caer en el suelo, al golpear los coches y mojar los árboles. Saltan de charco en charco, ociosas, olvidándose de que los hay que las necesitamos y esperamos en casa, frente al ordenador, sin nada que contar.

Si alguien ve una sombra, un halo fugaz de luz entre las gotas de lluvia, por favor, susurrarle bajito que no deja de ser una musa, y que, aunque a todos nos gusta chapotear en primavera, también tenemos que cumplir con nuestras obligaciones y dotar a los blogeros de historias que contar.

Volveréis a saber de mí tan pronto como yo vuelva a saber de ellas.

sábado, 10 de abril de 2010

-El otro dia me acordé de tí.
-¿Si? ¿Por qué?
-¿Acaso necesito un motivo para pensar en tí?

domingo, 4 de abril de 2010

Nadando en los ojos de Bea

El sol brilla justo encima de las montañas. Calienta lo suficiente para estar a gusto sin tener demasiado calor, lo que suele calentar el sol una tarde de verano. Bea está sentada frente al mar y deja que su mirada se pierda entre las olas, dejándose llevar por la calma de esa inmensidad azul.
A su lado, Ricky está tumbado en la arena con los ojos cerrados, como si estuviera absorbiendo cada rayo de sol que cae sobre él. Mientras, Matías se fuma un cigarrillo y juguetea con la arena de sus pies. Al girar la cabeza descubre a Bea y su mirada perdida, y la contempla mientras da una calada.
Bea, que se da cuenta, sonríe.

-¿No os parece precioso?- pregunta Bea sin apartar la vista del frente.
-¿El qué?- dice Ricky con los ojos aún cerrados.
-El verano. El mar. Esta playa.
-El mar siempre es relajante.
-No, este no es un mar cualquiera. No hay arena más blanca, ni olas más azules, que las de este sitio. Venimos aquí cada verano, ¿eso no la hace especial? Si tuviera que elegir una cosa, una sola cosa que mirar el resto de mi vida sería esta playa. Podría sentarme aquí eternamente a ver ir y venir el mar y no me cansaría nunca.
Matías la mira con algo de escepticismo.
-Que profunda te pones, Beita. Si yo sólo pudiera elegir mirar una cosa… bah, no tengo ni idea de lo que elegiría. Hay demasiadas cosas que ver en la vida.
-Desde luego, era sólo una suposición. Además, ¿en cuantos lugares, a parte de relajarte, puedes darte unos baños como los que te das aquí?- Mientras lo dice, Bea se levanta y sacude sus manos llenas de arena contra sus piernas. –Venga, vagos, animaos y bañaos conmigo.
Y echa a andar hacia la orilla. El viento le agita el pelo, largo, liso y moreno, que contrasta con su piel increíblemente blanca. Sin pensárselo dos veces, se va adentrando poco a poco en el mar mientras se gira y hace gestos con los brazos para que sus dos amigos la sigan.
Desde la arena Matías sigue fumando y rechaza la idea de ese baño. Ricky, que ahora tiene los ojos bien abiertos, no puede apartar la mirada del agua.
-Si yo tuviera que mirar una sola cosa el resto de mi vida, ¿sabes cual sería? –Matías gira la cabeza y le mira, esperando la respuesta.- Ella. Podría pasarme horas, días, meses mirándola y admirándola y no me cansaría nunca. Me encantaría adentrarme en sus ojos como ella acaba de adentrarse en el mar, y nadar allí eternamente.
-¿Y se puede saber por qué me cuentas eso a mí? Os ponéis profundos siempre con la persona equivocada… Metete en el agua y dile a ella todo eso. Échale un par de huevos por una vez, que lleváis todo el verano mareando la perdiz. Hazme caso, ya me lo agradecerás en el brindis de vuestra boda.
Ricky suelta una carcajada y se pone de pie. Mientras se encamina hacia el agua va cogiendo fuerzas. Respira hondo y la mira, en el agua, con el pelo empapado y haciéndole señas con los brazos, y entiende que es ahora o nunca, que tiene que decírselo, dar la cara, ser valiente y darse una oportunidad. Matías tiene razón, ella debe oír todo eso que siente. Y con este pensamiento se mete corriendo en el agua, salpicando a Bea que le espera risueña entre las olas.

Desde lejos, Matías les mira y sonríe. Ojalá que les salga bien. Ojalá sean felices juntos.
Ojalá se den cuenta de una vez de lo mucho que se quieren.

viernes, 26 de marzo de 2010

Indirectas

La casa está llena de gente. Siempre ocurre lo mismo cuando organizan estas fiestas: invitas a unos amigos, que invitan a unos amigos... y al final el salón se desborda. Hay tanta gente que Marta y Nerea pueden hablar de él sin preocuparse de que las oiga nadie. Entre el volumen de la música y el nivel de alcohol que empieza a reinar en el ambiente nadie les presta especial atención.

-Entonces, ¿qué? ¿Vas a decirle algo?- pregunta Marta antes de darle un sorbo a su copa.
-Es que… se me da mal hablar de esto.
-Pues no le hables; mándale indirectas: una sonrisa, un gesto, se amable, coquetea… Venga tía, ¡que pareces nueva! Además, te he visto hacerlo mil veces.
Nerea apoya su hombro en la pared mientras le ve a lo lejos, por encima de Marta, hablando con dos amigos.
-Ya, pero nunca me había puesto tan nerviosa, y eso me preocupa. No quiero irle de frente porque diré lo que no debo y acabaremos discutiendo.
Marta sonríe para dar ánimos a su amiga. Se nota que está como un flan, pero claro, el chico le gusta y no puede dejar que se vuelvan a entrometer.
-Hazme caso,- insiste- indirectas. Si es un tío listo, lo pillará.

Iván, que está justo detrás de ellas rellenando la cubitera, sonríe al oír esto último y se acerca con un plato de aceitunas.
-Si queréis mi humilde opinión masculina, los hombres no entendemos las indirectas. Y menos aún en este caso, que hay un pasado turbio y confuso.
Marta le mira, cada vez más confundida.
-Entonces, ¿qué hago?
-Ahuécate el escote, insinuaté, haz todos los comentarios posibles con doble sentido mirándole… Y si todo eso falla, metete en su cama antes de acabe la fiesta. Por si acaso, su cuarto es del final del pasillo a la izquierda. El de la derecha es el mío.
Marta se mete de por medio antes de que siga hablando.
-Ni le escuches Nerea.
Ella duda.
-¿Sabes qué es lo peor? Que fijo que esas cosas funcionarían.
-Conmigo, seguro.- Añade Iván. Y se aleja mirándolas mientras se mete una aceituna en la boca.

Nerea suspira.
-Pues si que me habéis ayudado. Entonces, ¿qué? ¿Le hablo? ¿Me insinúo? ¿Le enseño una teta?
Marta apura su copa y sentencia:
-Tú hazme caso y prueba con las indirectas… que yo voy a meterme en la cama de Iván.- Nerea la mira sorprendida mientras ella se aleja descarada y, justo antes de desaparecer entre la multitud, se gira -Ha dicho que es la de la derecha, ¿no?
Ambas se sonríen.

11 horas después, con algo de resaca y la cara lavada, vuelven a encontrarse en la misma cocina.
Y la sonrisa, esta vez, es aún más grande.

domingo, 14 de marzo de 2010

Con un beso

Murió anoche, con un beso.
Era tarde y llovía. Ni siquiera teníamos pensado pasar por allí, pero se había quedado buena noche y preferimos dar una vuelta. Le vimos al otro lado de la calle, ella cruzó corriendo para saludarle. Él le dio un beso casual, rápido, pero fue suficiente para que se esfumara para siempre. La vi desplomarse en el suelo, de golpe, y no puede hacer nada por ella. Cuando quise darme cuenta ya se había ido.

Mi esperanza murió anoche, al ver como él se besaba con otra.
Yo, que la quería, que la necesitaba, la echaré de menos.