jueves, 14 de enero de 2010

Optimismo

-¿Crees que si cierro mucho los ojos desaparecerá todo lo malo?
-No. Pero creo que si los abres bien podrás ver todo lo bueno.

domingo, 10 de enero de 2010

Enredada en tus pestañas

¿Te lo han dicho alguna vez? Tienes unos ojos preciosos. No se por qué, pero me fascinan.
A pesar de ser quien eres, a pesar de ser como eres, tienes la mirada más dulce y traviesa que he visto jamás. Creo que tiene que ver con como arqueas esas enormes cejas oscuras cuando hablas. Las levantas, y me miras, y me haces mucha gracia porque esas cejas no te pegan, son demasiado grandes, demasiado prominentes para tu carita huesuda y demasiado morenas para tu piel pálida. Y aún así te quedan bien.
O tal vez sean esas pequeñas pecas, cada vez más invisibles, que hay en lo alto de tus pómulos. Cuando sonríes y tus ojos se achinan se juntan todas al final de tu sonrisa, y me encanta.
Estoy casi convencida de que tus pestañas tienen mucho que ver. Deben de ser las pestañas más largas del mundo. Me pasaría la tarde viéndote parpadear como lo haces, de forma casual, sin ser consciente del efecto que tiene cada parpadeo en mí, sin saber que cuando te miro al hablar en realidad me cuesta mucho concentrarme porque me quedo absorta mirando los cientos de pestañas que me saludan desde tus ojillos marrones.
Aunque, posiblemente, lo que más me guste de tu mirada sea como me miras cuando me río. Tú dices tonterías y yo me río a carcajadas, carcajadas sinceras, porque siempre tienes un comentario ingenioso que hacer, y después me miras agradecido, como si en realidad no fuera tan gracioso pero yo fuera de risa fácil. Me gusta cuando intentas hacerte el interesante, entrecerrando los ojos y juntando las cejas, para que yo crea que he dicho algo sin sentido y me sienta intimidada, cosa que consigues aunque yo intente disimularlo. Me encanta cuando, desde tus ojos de niño, me miras y yo busco mil significados en esa mirada, aunque no sepa siquiera por qué me estás mirando. Me basta con saber que no sólo me miras, también me ves.

No se si te lo han dicho alguna vez, pero tienes una mirada fascinante…

viernes, 1 de enero de 2010

8 Pisos

Gonzalo llega empapado al portal y entra corriendo. En el vestíbulo, junto al ascensor, está Claudia, que le saluda con un formal “buenas tardes”, como si no se conocieran de nada. Como respuesta Gonzalo levanta la barbilla y sonríe, como si se conocieran de siempre. En realidad es más o menos así. Claudia y Gonzalo son vecinos desde que ella se mudó con sus padres al piso de debajo del de él a los 9 años. Desde entonces se encuentran al ir a clase, al volver, al salir los viernes… Y no pasan del “buenas tardes” de rigor.
El ascensor llega y Gonzalo sujeta la puerta invitando a Claudia a entrar. Ella pasa delante suyo y se vuelve para preguntarle “octavo, ¿verdad?”. Como si no lo supiera, piensa Claudia. Él, por toda respuesta, le sonríe una vez más y cierra el ascensor. Es el minuto y medio mas largo del día, 8 pisos eternos… y maravillosos.

Primera planta. Ambos miran al suelo para que sus miradas no coincidan. Claudia se fija en las Converse rojas empapadas de Gonzalo y se ríe al recordar aquella vez que subieron juntos después de la gran nevada y él iba calado hasta los huesos y llevaba nieve por todo su pelo negro.

Segunda planta. Gonzalo empieza a frotarse los dedos con la uña del pulgar. Es lo que hace cuando está nervioso. Entonces se fija en la mano de Claudia: una mano con dedos finos y unas bonitas y cuidadas uñas pintadas de marrón. Le gustan las uñas marrones, le recuerdan al chocolate. Por un momento se pregunta si Claudia sabrá a chocolate. Pero intenta apartar rápidamente esos pensamientos de su cabeza aunque, sin darse cuenta, sonríe.

Tercera planta. Claudia levanta la cabeza y se encuentra con la sonrisa de Gonzalo. Le sonríe de vuelta, de una forma cordial y cálida al mismo tiempo. No se había fijado nunca, pero le gusta su sonrisa. Siempre ha pensado que debajo de esos grandes hombros y ese acento castizo hay un chico dulce, pero nunca se ha atrevido a comprobarlo. Tal vez debería decirle algo…

Cuarta planta. Gonzalo sigue mirando a Claudia. Al sonreír parece un ángel. La recuerda el día que se mudó, que apareció en el portal con su pelo castaño recogido en dos trenzas larguísimas… Ahora no quedaba rastro de esas trenzas, pero aún así estaba guapísima con la melena revuelta y empapada por la lluvia. Le dieron ganas de alargar la mano y retirarle un mechón de la cara, pero se contuvo.

Quinta planta. “Menuda está cayendo, ¿eh?”, suelta de pronto Claudia en voz alta. E, inmediatamente después, se siente totalmente estúpida. “Si… una buena. Así vengo yo…” Y, mientras lo dice, Gonzalo se sacude la cabeza y la salpica. Claudia sonríe y nota como, al hacerlo, a Gonzalo le brillan los ojos de forma especial. O eso le ha parecido ver.

Sexta planta. Otro silencio incómodo. A Gonzalo le gustaría continuar la conversación, pero no se le ocurre nada inteligente que decir, bastante idiota ha parecido ya con el numerito de sacudirse el pelo como un perro. Mejor quedarse callado.

Séptima planta. Se abre la puerta y, lentamente, Claudia sale del ascensor. “Hasta luego” dice Gonzalo antes de que ella cierre la puerta, “y abrígate para la próxima, que no es época para ponerse enferma”. Claudia se gira y contesta “no te creas. Un par de días tirada en el sofá no hacen daño a nadie, ¿no? Hasta luego”. Y le dedica la mejor de sus sonrisas antes de cerrar el ascensor.

Octava planta. Gonzalo sale del ascensor y se pregunta por qué narices es tan retrasado, por qué lleva 10 años sin mantener una conversación con el ángel que vive en el piso de abajo. Lo que Gonzalo no sabe es que Claudia se pregunta lo mismo desde su séptimo cielo. Y puede que algún día lo consigan… pero esa ya es otra historia.

martes, 29 de diciembre de 2009

Lucy in the sky

-¿Desde cuando te gusta que te llamen Lucy?
-¿A mi? Desde nunca… En fin, es la versión de mi misma que menos me gusta.
-Entonces ¿a qué viene el nombre de usuario del blog?
-Ah, eso… Es una canción de los Beatles.
-Ya, eso me lo puedo imaginar. Pero tú nunca has sido una gran fan de los Beatles.
-No lo soy… verás, mi mejor amigo cuando era pequeña me llamaba así, “Lucy in the sky”. Iba siempre todo seguido y a veces me cantaba la cancioncilla entera: Lucy in the sky with diamonds... Yo no había oído la canción en la vida, y creo que él tampoco, pero debió de escucharla en algún sitio, alguien la cantaría y él se acordaría de mí… y con ella me quedé. Tanto me marcó que así fue como le firmé la escayola cuando se rompió el brazo en 4º de primaria.
-¿O sea que a partir de ahora te puedo llamar Lucy?
-Creo que él es el único que me llama así sin molestarme… Tampoco es que yo le haya dicho nunca que me molesta, la verdad. Y lo curioso es que luego oí la canción y no es ni siquiera una de mis favoritas de los Beatles.
-Pues hija, no lo entiendo.
-Ya, yo tampoco. Son esas particularidades que surgen cuando conoces a alguien desde los 4 años.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Amor de tortuga

Enamorarse en inglés, para el que no lo sepa, es to fall in love, lo que, traducido literalmente, queda como caer en el amor. Y eso es lo que hacemos al enamorarnos: caer. Caer en una trampa, en un agujero… Simplemente caer. Y nos quedamos tendidos en el suelo, sin poder levantarnos. Como cuando una pobre tortuga se queda boca arriba, que no puede incorporarse, ni darse la vuelta por si sola. Necesitamos ayuda, o nos pasaremos un buen rato ahí, intentando inútilmente levantarnos, dando patadas al aire y esforzándonos por lograr lo imposible.
¿Por qué, entonces, dicen que el amor es el mejor sentimiento del mundo? Bueno, porque cuando te caes acompañado la cosa cambia. De estar tirado sólo boca arriba de forma patética pasas a estar junto a otra tortuguita… y al miraros los dos, ambos tumbados boca arriba, os reís, el uno del otro y el otro del uno, con risas de complicidad y alegría. Eso es lo bonito. Reírse de uno mismo y caer de la mano de otra persona. Enamorarse, cuando es cosa de dos, es fabuloso. Cuando sólo le pasa a uno, ya no tanto. No es agradable sentirse sólo y ridículo en el suelo, ni ver a otro boca arriba sabiendo que eres tú quien le impide levantarse, o, y esto si que duele, creer que estas tirado boca arriba con alguien…pero el otro no quiere estar ahí, o en realidad se ríe mas de ti que contigo.

Eso somos, creo yo, tortuguitas que se caen, a veces acompañadas, a veces solas. A veces la caída duele, o, incluso, algunos se rompen en caparazón de formas casi irreparables. Pero no podemos negar que el momento de estar en el suelo, tirados, riéndonos de nosotros mismos, es una de las mejores sensaciones del mundo. A veces merece la pena caer.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Protagonistas

-¡Jo, a veces me gustaría vivir en una película! Con esos protagonistas perfectos y esos finales felices… Incluso los finales tristes quedan poéticos, y no patéticos.
-Pero, alma de cántaro, ¿no te das cuenta de que cada uno es protagonista de su propia película?
-No te pongas profundo… Yo, como mucho, sería secundaria en una serie de televisión. De esas que están para rellenar y que tienen una frase cada 3 capítulos. No creo que mi vida de para más.
-Ya. Seguro que Julieta pensaba lo mismo justo antes de conocer a Romeo…

martes, 8 de diciembre de 2009

Fuimos, apenas somos y tal vez no seremos nunca.

Es curioso.
En su momento no le contó nada de lo que sentía por él porque había una posibilidad de que no se lo tomara bien, de que se distanciaran. Podía ser que su relación se enfriara, que dejasen de ser ellos mismos y pasaran a ser desconocidos, que no hablasen como lo hacían hasta entonces y que no se rieran de las mismas cosas. Así que enterró cualquier sentimiento que pudiera albergar e intentó seguir adelante.
Y ahora se da cuenta de que habría dado igual, porque ya no se ven, apenas hablan y desde luego que su relación ya no es la que era. Podría haberle confesado todo y haberse liberado y quitado un peso de encima, porque igualmente habrían dejado de ser amigos, compañeros, confidentes, o lo que quiera que fueran o hubieran sido. Hablaban, si, pero ya no era como antes, ni mucho menos.
Tal vez aquello fue un aviso. Cuando ella empezó a separarse de él por no sentir nada más empezó a provocar el final. O tal vez fue él al notarla rara. O tal vez fue, simplemente, porque la vida es así, y hace que la gente entre y salga de tu vida, sin más. Habían sido el apoyo del otro durante un tiempo… y por lo visto eso había sido todo, y nadie había tenido la culpa. O si, quien sabe. Al fin y al cabo, ¿somos nosotros quienes elegimos los que pueden formar parte de nuestra vida, o, como mucho, podemos acercarnos o alejarnos dentro de unos límites que se nos ofrecen?

Ellos, desde luego, ya no eran los de antes. Y puede que nunca lo volvieran a ser.
Y lo más complicado era que Claudia no estaba segura ni siquiera de si le echaba de menos… o apenas notaba su ausencia.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Promesas imposibles

Él le prometió la Luna y el Sol. Le prometió que brillaría más que las estrellas y que la querría como nunca jamás se había querido a nadie. Le juró amor eterno, y le dijo que, pasara lo que pasase, siempre estaría a su lado.

Y al final se quedó sólo por prometer lo imposible.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Preparativos

Sobre la cama había ropa revuelta y una maleta a medio hacer. Llevaba semanas preparando el viaje y no estaba segura de tenerlo todo listo.
Llenó la maleta, hizo el neceser. Dedicó una tarde a cada uno de sus amigos. Cogió fotos, recuerdos, libros y cd’s. Todo lo necesario para no echar de menos su casa. Organizo una última noche familiar. Compró cuadernos nuevos y limpios que llenar con sus futuros apuntes, para lo que también se compró un buen puñado de bolis de colores.
Hizo los trámites bancarios necesarios, los del móvil, se aseguró de que no había problemas con la beca y comprobó el billete y la fecha de salida mil veces al día, pero sabía que se le olvidaba algo.

Salió de casa. Cerró con llave. Había dejado una copia a su vecina y otra a su madre. Repasó la lista una y otra vez, pero nada. Algo se le estaba olvidando, y era incapaz de saber qué era eso que se dejaba en tierra. Llevaba el pasaporte, el dni en regla, facturó lo necesario y no tuvo problemas con el equipaje de mano. Había cambiado dinero en el banco hacía unas semanas, tenía el permiso de residencia ya impreso y llevaba el mp3 cargado para las 8 horas de vuelo. Pero… ¿qué era? ¿Qué…?

El avión despegó y, en su asiento junto a la ventanilla, Eva contempló la ciudad desde el aire. Sucia, ruidosa, llena de gente y de polución, pero, al fin y al cabo, su ciudad.
Y se dio cuenta.
Un año en Nueva York era un sueño hecho realidad. Llevaba meses preparándolo y le hacía muchísima ilusión. Su futuro y su mente ya estaban en la capital del mundo, pero su corazón… se lo había dejado en Madrid.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Gominolas para el alma

Ana respiró hondo. Tenía que tranquilizarse, tenía que mantener la calma. Pero, ¿cómo lograrlo? ¿Cómo mantenerse calmada después de que la persona en quien mas confiaba le hubiese dicho que se acababa, que nunca había significado nada? Después de haberle visto tan cariñoso con otra 24 horas después de haberla dejado a ella…

Oyó pasos por el pasillo y aguantó un sollozo. No quería que nadie supiera que estaba allí, no quería que la oyeran o la vieran en ese estado, y mucho menos quería tener que contar lo que había pasado, porque cuando dices ese tipo de cosas en voz alta, de golpe, pasan a ser aún más reales.
Quienquiera que estuviera caminado fuera se detuvo justo frente a la puerta de la habitación y dio unos golpecitos. Ana veía la sombra de dos piernas por debajo de la puerta, pero seguía sin decir nada. La habitación estaba a oscuras, y ella había cerrado por dentro.
De nuevo, tres golpes. Ana se encogió más en el sofá y hundió la cara entre las rodillas, deseando que esa persona se diera por vencida. Pero no fue así.
-¿Ana? Venga enana, que sé que estás ahí…

¿Cómo narices sala había encontrado? Bueno, al fin y al cabo era Raúl, la conocía aun mejor de lo que se conocía ella misma. Pero daba igual, no iba a contestar. No quería ver a nadie, ni siquiera a él. No quería hablar, y menos aún con las pintas que debía de tener después de varias horas metida en un cuarto a oscuras.
-Venga… Sé lo que ha pasado. Sé lo que te ha hecho. Déjame entrar, anda, no pases por esto tú sola.
Silencio. Por toda respuesta Ana se tapó con la manta y le pidió perdón en silencio por estar ignorándole.
-Ana, venga, si traigo chocolate. Y gominolas. Y le he robado una tarrina de helado a mi hermana y me matará si se entera. Pero al menos la muerte será menos dolorosa si sabe que la he robado por una buena causa y no he dejado que se deshaga golpeando una puerta en mitad de un pasillo…
En su pequeño refugio, Ana esbozó una sonrisa. Raúl siempre sabía como hacerla reír.
-Sé que estás ahí, te oigo sonreír. Esos hoyuelos tienen un sonido característico que no puedes ocultar.
Envuelta en la manta y entornando los ojos por la avalancha de luz, Ana abrió un poco la puerta.
-Mmmh… ¿De qué es el helado?
-Déjame ver… Dulce de leche.
-A tu hermana no le gusta el dulce de leche.
-Vaya… ¿Será que no era de mi hermana? Pues entonces el chico que me lo ha vendido hace 10 minutos me ha engañado…
Ana volvió a sonreír y se hizo a un lado para dejarle entrar. La habitación seguía a oscuras, lo único que la iluminaba era la luz que entraba tras las cortinas y por la rendija de la puerta.

-¿Por dónde empezamos? ¿Chocolate? ¿Helado?- Ana le miró con cara de indiferencia.- Es que no se si las mujeres seguís algún ritual concreto con esto de la superación de la depresión en base a la comida o da igual el orden.
Ana soltó una carcajada y le lanzó un cojín, mientras sacaba la tableta de chocolate de la bolsa.

Se quedaron un rato así, en silencio, solo sentados el uno junto al otro comiendo chocolate y ositos de gominola. Hasta que ella rompió el hielo.
-No… ¿No me lo vas a decir?
-¿Él qué?
-“Ya te lo dije”; “tenias que haberme escuchado”; “nunca me haces caso” “el año y medio que te saco en sabiduría debería servirte de guía”; bla bla bla…
-No voy a regañarte por eso. Tú no has tenido la culpa, ese tío era un gilipollas. Tú te mereces algo mucho mejor que un engreído que piensa que puede dejarte marchar. Me pongo de mala leche con pensar en cómo se ha portado.
-Vaya. Gracias… creo.
-No, en serio. Es que hay que ser muy imbecil para pensar que va a encontrar a alguien mejor que tú.
-Pues, por lo visto, ya la ha encontrado. Estaban ahí, en la puerta…
-No te equivoques. Él cree que ha encontrado a alguien mejor que tú, pero eso es imposible. Tú eres única, enana.

Ana se recostó sobre su hombro y se dejo abrazar, sintiéndose mejor por momentos.
Le encantaba cuando la llamaba así. Daba igual que lo usara para vacilarla o para tratarla con cariño, que se enfadaran o que estuvieran con otros, en el fondo ella sabía que siempre sería su enana.
Los dos lo sabían.