martes, 2 de noviembre de 2010

Contención

A veces, en los días más grises, Claudia sentía que estaba sujetando un dique, una presa gigante que retenía una enorme corriente de agua. La sujetaba para que los demás no fueran arrastrados, para que no se los llevara la corriente lejos de ella, donde ya no les encontrara. Pero no se daba cuenta de que, al sujetarla, ella misma se iba ahogando dentro de ese embalse.

No sabía pedir ayuda. No sabía soltar poco a poco el agua de esta presa porque no lo había hecho antes. Llevaba años dejándose los nudillos contra esa fría pared de piedra, que la separaba del mundo. Y no sabía si debía soltarla porque, cuando se imaginaba que lo hacía, preveía que se llevaría muchas cosas por delante.
A veces, en su fría guarida de roca desde donde controlaba el caudal de su presa, Claudia pensaba cómo sería la vida en compañia, donde la gente se ayudara con sus problemas y el peso no reposara sólo en sus hombros. Pero eso ella nuca lo sabría, porque estaba condenada a morir allí en medio, dentro de su solitaria presa, llena de agua, de secretos y de emociones contenidas.
Nunca se dió cuenta de que, con su esfuerzo, no estaba protegiendo a los demás. Sólo conseguía que se alejaran de ella.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Irresistible

-No has dicho nada de mi cambio de look.
-Ya sabes lo que opino de las rubias.
-Mmm… No. ¿El qué?
-Me parecen irresistibles.
-Ah…
-Aunque a ti no te hace falta teñirte el pelo para eso.

lunes, 20 de septiembre de 2010

De par de mañana

El timbre de la puerta despierta a Dani, que abre un ojo y mira el reloj. Son las 11:24 de la mañana. Y es domingo. No puede ser nada importante y, sin embargo, vuelven a llamar. Lentamente, Dani se levanta y se pone la camiseta mientras se dirige a la puerta. Al otro lado siguen llamando, cosa que le desespera.
-Va, ¡va!
Al abrir la puerta se encuentra con Pablo, que entra en casa hecho una furia y se pone a caminar por el salón dando gritos.
-Está con alguien. Con un tío, seguro. Se ha pasado la noche fuera diciendo que estaba en casa de una amiga, pero sus amigas estaban anoche en El Barco y ella no estaba. ¿Qué coño se cree, qué soy idiota? Esta niña me vacila, Dani, se cree que soy idiota.
Dani se frota los ojos y se le queda mirando.
-“Buenos días Dani, ¿puedo pasar?” “si, claro tío, ¿pasa algo?” “no, quería hablar un momento contigo”…Qué tiempos aquellos, cuando la gente explicaba de qué hablaba antes de ponerse a gritar gilipolleces en mitad de tu salón a las 11 de la mañana.
Pablo se para de golpe.
-Lo siento, tienes razón. Perdona. –De pronto se da cuenta de la cara de su amigo y de su pelo despeinado.- No me digas que estabas durmiendo.
Dani cierra la puerta de la calle y se sienta en el sofá.
-Pues si, pero bueno, da igual. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quién está con quién?
-Andrea.
Al oírlo, Dani pone los ojos en blanco.
-Ya estamos otra vez. Pablo, por favor, que es muy temprano.
-Joder, es que tú no lo entiendes. Se ha pasado la noche fuera con vete a saber tú quién haciendo vete a saber tú el qué.
-Pues lo que hacías tú a su edad. ¿Has desayunado? –dijo acercándole un tarro con galletas. Pablo las rechazó con la mano.
-Tengo el estómago cerrado, llevo toda la noche pensando dónde puede estar.
-Estás enfermo. ¿Me estás diciendo que no has dormido nada?
-Anoche salí y no la vi, y al volver a casa no estaba…y no he podido dormirme. Por cierto, ¿dónde te metiste tú?
Dani se le dio un mordisco a la galleta antes de contestar.
-Salí con un grupo de amigos, dimos una vuelta… Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no puedes ser la sombra de tu hermana. Por Dios, Pablo, que tiene casi 20 años.
-Es una cría.
-Pero tiene edad suficiente para usar la cabeza, ¿no?
-Entonces ¿por qué me miente diciendo que se va con sus amigas?
Dani empezó a desesperarse.
-Porque así te mantiene callado. Mira, no te va a contar lo que hace de verdad si no dejas de montarle un pollo cada vez que sale de casa. Que no eres su padre.
Pablo suspiró.
-Tal vez tengas razón.
Dani le puso la mano en el hombro y le condujo hacia la puerta.
-Hazme caso: vete a casa, descansa. Y cuando veas a Andrea pregúntale, si quieres, pero por encima, con calma. No la interrogues, ya te lo contará ella lo que quiera contarte. Seguro que lo de sus amigas tiene una explicación.
-¿Por qué me da la sensación de que me estás echando?
-¡No te estoy echando! Es sólo que… es muy temprano, y tengo sueño…y… Y si, te estoy echando.
Pablo reacciona de golpe.
-¡Joder! ¡No estás solo! Habérmelo dicho antes, habría ido a comerle la cabeza a otro.
Dani le quita importancia.
-Da igual, tampoco es para tanto.
-Oye, ¿la conozco? –dice Pablo mientras vuelve para dentro y empieza a cotillear buscando una pista. Dani le para antes de llegar al pasillo y empieza a empujarle dirección a la puerta.
-No, no la conoces ni la vas a conocer. Ahora vete y descansa y déjame a mi con lo mío.
Pablo se para en al puerta y le mira, ahora con gesto divertido.
-¿A quien tienes ahí dentro, que tanto ocultas?
-A tu hermana, no te jode. Anda, déjame en paz, luego te llamo.
-Vale, vale, ya me voy… Encima que vengo a verte prontito para que te cunda el día…
Dani cierra la puerta mientras se ríe y resopla, aliviado. Por la puerta de la habitación, de puntillas, sale Andrea.
-¿Crees que se huele algo?
-Si se oliera algo no estaríamos aquí –dice Dani acercándose a ella. La agarra por la cintura y le da un beso en la frente.
-¿Y no se lo vamos a decir nunca? Con cualquier otro se enfadaría, pero contigo… Si eres su mejor amigo.
-Pues por eso, Andy, por eso. Como se enteré en un mal momento él se quedaría sin amigo, pero creo que tú te quedarías sin novio. Se lo diré, de verdad, pero espera a que se calme un poco.
Ella sonríe y entrelaza las manos tras su cuello.
-Te doy una semana. Si no se lo dices tú, lo haré yo. Total, yo creo que la sobreprotección no se le va a pasar nunca, así que posponerlo más me parece absurdo.
-Ay, Dios mío. Es que mira que hay mujeres… y tener que enamorarme de ti… hay que ser suicida.
Andrea sonríe, le coge de la mano y le va arrastrando hacia el dormitorio.
-No fue culpa tuya, es que no pudiste evitarlo: soy la única mujer en el mundo con la que no deberías estar. No hay mayor tentación que esa. Bueno, mi atractivo natural también colaboró… pero de forma secundaria. Puedes decirle eso a Pablo: la culpa es tuya por hacer creer que tu hermana era intocable.
-Si el digo eso, me mata.
-Te va a matar de todas formas… así que vamos a disfrutar mientras podamos. –Enreda sus manos en el pelo de Dani y le dice al oído- Porque, tenlo claro: no pienso salir contigo después de que mi hermano te dé una paliza.
Cómo respuesta, Dani le hace cosquillas y ambos caen, riendo, sobre la cama.
-Te quiero –susurra Andrea.
-Lo sé –añade Dani, con ternura, antes de volver a besarla.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Dejarse llevar

La risa contenida de Ana rompió el silencio nocturno. Se deshizo de la chaqueta y el bolso dejándolos tirados en la puerta del jardín y se dirigió a la piscina con la botella en la mano. Detrás iba Raúl, tan protector como siempre, que la observaba con una sonrisa en los labios mientras ella bailaba al son de su propio tarareo. Mientras le daba un trago a la botella, Ana se le quedó mirando. Estaba preciosa, con el pelo completamente suelto y un hombro al descubierto. Bajó la botella y se la acercó a Raúl.
-¿Qué pasa? ¿Quieres un trago?
Raúl cogió la botella mientras ella se limpiaba la boca con el brazo.
-Que femenina que eres a veces.- Añadió con sorna antes de beber.
Ana le hizo una mueca y se dio la vuelta para seguir bailando. Se movía con cierto estilo, a pesar del exceso de alcohol y del tamaño de sus tacones. De pronto se paró y miró a Raúl con mirada traviesa. Él se echó a temblar: conocía esa mirada.
-¿No te apetece darte un baño?
Lo veía venir.
-¿Ahora? ¿Con este fresco?- Raúl intentó alejarla del bordillo-Quita, quita, que ahora te mojas y te resfrías…
-Joder, que pesado te pones, sólo tú te preocupas por un resfriado en una situación así. Mira, -dijo señalando el centro de la piscina, donde se reflejaba una gran esfera blanca- hasta la Luna se está dando un bañito.
-A ver, Ana, siéntate aquí conmigo y relájate, que llevamos una noche fina los dos y lo único que nos falta es volver calados a casa.
-Pues precisamente por eso, estoy cansada de darle vueltas a la cabeza. Me apetece un baño, me lo doy. Así de simple.
Apuró lo que quedaba de la botella y se bajó de los tacones. Raúl empezó a dar la situación por perdida.
-Que sepas que yo no pienso meterme ahí.
-Ese es tu problema: que piensas demasiado las cosas. Pensar es aburrido, lo divertido es, simplemente… dejarse llevar.
Y, dicho esto, se quitó el vestido, se lo arrojó a Raúl y se tiró de cabeza al agua.
-Está buenísima, no sabes lo que te pierdes.
“Claro que lo sé”, pensó Raúl, “hasta la Luna parece estar disfrutando.”
Y, de pronto, se olvidó del frío, de los problemas y de la hora que era. Se quitó los zapatos, se desabrochó la camisa y, simplemente, se dejó llevar.

jueves, 26 de agosto de 2010

Para regalo

-Lo digo en serio, ese hombre me ha robado el corazón.
-Por favor, Diana, no seas hipócrita, si prácticamente lo envolviste para regalo nada más conocerle.
-Pero ¿qué dices?
-Lo que digo. Sólo te faltó ponerle un lazo rojo.

lunes, 2 de agosto de 2010

La chica del cumpleaños

-¡Dios mío, tengo el pelo hecho un asco! –Se queja Daniela frente al espejo del baño. -¿Llevo toda la noche con estas pintas?
Sonia le contesta sin dejar de hacerse la raya del ojo.
-Tampoco se nota tanto. Mójalo un poquito y conseguirás algo decente.
La música del local llega de fondo al baño, con lo que allí se puede hablar con relativa tranquilidad, sin necesidad de recurrir a los gritos.
-En fin, ¿has visto a Bruno? ¡Y dijiste que no vendría! ¡Ese chico besa el suelo que pisas! Además, no me puedes negar que está increíblemente guapo. ¿Crees que esta noche… puede pasar algo?
-No sé yo qué decirte.
-Yo si. Además, ¡eres la chica del cumpleaños! No puede negarse.
Sonia sonríe mientras se mira en el espejo. Aunque enseguida tuerce el gesto y mira a Daniela.
-Lleva toda la noche ignorándome. Pensé que era para hacerse el interesante y el tipo duro, pero ya no estoy tan convencida de que sea una pose.
-¿A qué te refieres?
Sonia siguió hablando mientras buscaba un esquivo pintalabios en su pequeño bolso.
-No ha venido solo. Y no me refiero a la panda de amigos idiotas que le siguen a todos lados, sino a que ha venido con dos chicas, a las que no conozco de nada, para repasarme por la cara que hay mas gente.- Encontró lo que buscaba y empezó a teñirse los labios de rojo. -Es patético.
-Las he visto, pero no hay nada con ninguna de ella, seguro. Está claro que intenta hacer como que ha pasado página, pero es imposible. Yo le vi al mes de que le dejaras y estaba hundido. Si está aquí es porque quiere verte, eso no lo dudes.- Mientras hablaba, Daniela se humedecía los rizos, sin demasiado éxito.- Además, ¿te has fijado bien en esas chicas? No te llegan ni a la suela del zapato. Bueno, a la del tacón.
Sonia soltó una carcajada.
-Lo sé. Además, tú lo has dicho: es mi cumpleaños, así que se hará lo que yo diga.
-¿Me dejas el pintalabios? A ver si así eclipsamos un poco lo de mi pelo…
Mientras Daniela se pinta y Sonia se ahueca el peinado, una chica de vestido azul sale de uno de los baños. Se acerca a ellas despacio y, mientras se lava las manos, las mira por el espejo y sonríe inocentemente. Sonia, que se da cuenta, se da la vuelta y la mira.
-¿Tienes algún problema?
-Eres Sonia, ¿no? La chica del cumpleaños.
-Si. ¿Y tú eres…?
-Perdona, no nos han presentado. –Contesta la chica de azul mientras se seca las manos con una toallita de papel- Soy Paula, una de las amigas de Bruno que no te llega ni a la suela del zapato. Perdón, del tacón. Si hemos venido es porque ofreces barra libre y porque Bruno quería demostrarnos que lo había superado. Ahora que hemos bebido y que él ya ha dejado claro que te ignora con mucho estilo, creo que podemos irnos. Ha sido un placer.
Dicho esto, Paula se gira y, a trompicones por la cantidad de chicas que hay, intenta salir del baño. Sonia está roja, pero no de vergüenza, sino de rabia. Querría gritar, saltar, patalear, y agarrar de los pelos a la tal Paula que, de pronto, se para y se gira antes de salir.
-Por cierto, feliz cumpleaños. Seguro que disfrutas mucho de la fiesta, porque, ya sabes, a la chica del cumpleaños no se le puede negar nada.
Y se aleja con una sonrisa y una satisfacción plena. Lleva 4 meses oyendo hablar de Sonia y viendo a Bruno sufrir por ella. Pero esta noche no. Esta noche es el principio de una nueva etapa. Y en ella no hay sitio para la chica del cumpleaños.

martes, 27 de julio de 2010

Dos cajones

Estaba nerviosa. No; estaba muy nerviosa. Se pasó todo el viaje en taxi jugueteando, bueno, destrozando lo que quedaba del billete de avión y absorbiendo el paisaje que se asomaba a sus ojos por la ventanilla. Los 20 minutos de trayecto desde el aeropuerto se le habían hecho eternos y ahora, por fin, estaba ya allí. 5º piso, puerta B. Tal y como Guillem le había dicho, la llave estaba en la parte de arriba del marco de la puerta. Ángela sonrió, pensando que si llega a ser unos centímetros más bajita no habría llegado a coger la llave. Se quedó unos segundos mirando el llavero: una pequeña caracola. El espíritu playero de Guillem estaba presente incluso antes de entrar en su casa. Introdujo la llave y se adentró en esa aventura mientras una sensación, algo indescriptible, se apoderaba de ella.
Se trataba de un piso sencillo: el salón y la cocina estaban prácticamente unidos, separados sólo por una barra americana que tenía encima unas alacenas. Ángela se adentró en la casa y dejó la maleta junto a uno de los sofás y la chaqueta sobre el otro, situado frente a una gran televisión. Sólo había una puerta, la del dormitorio. Era bastante amplio, con una enorme cama con una colcha de círculos azules y blancos y una cómoda color chocolate, como las mesillas de noche. A la izquierda, una pequeña puerta conducía al baño, al que Ángela se asomó brevemente. De vuelta al salón, cuando se dirigía a abrir la terraza (espaciosa, con una mesa, dos sillas de plástico y algunos tiestos) se fijó en que, sobre la encimera de la cocina, había un folio doblado y apoyado en el frutero. Por fuera sólo ponía su nombre en enormes letras negras. Mientras lo desdoblaba, salió a la terraza y se acomodó en una de las sillas. Con sólo leer una línea, empezó a sonreír:

¡Buenos días, mi chica de la capital!
¿Cómo ha ido el viaje? Siento no estar ahí para darte la bienvenida que te mereces, pero prometo compensarlo con una buena cena. Estaré ahí en una hora más o menos, así que ponte cómoda: mi casa es tu casa. Hay toallas en el segundo armario, por si quieres darte una ducha, y tienes un par de cajones vacíos por si deshaces la maleta (sí, lo sé, sólo vienes unos días, pero puedo hacerme una idea del tamaño que debe de tener tu maleta…jaja!).
Me encanta que estés aquí. Te veo ahora.
Un beso de esos con sabor a sal, que tanto te gustan.
Guillem
PD: estás muy, pero que muy guapa.

Ángela dejó el papel sobre la mesa y miró hacia el mar. Guillem era un cielo, la hacía sentirse a gusto incluso sin estar presente. Le había abierto su corazón. Y su casa. Y le había dejado dos cajones en su cómoda. Madre mía. De pronto empezó a agobiarse. ¿Y si no estaba a la altura? ¿Y si la relación a distancia había sido fácil porque cuando estaban juntos no funcionaban? ¿Y si en unos días… destrozaban meses? ¿O, mejor dicho, los destrozaba ella?
No. Había que pensar en cosas positivas, ser optimistas. Guillem era un encanto, y tenía un humor impecable. Sobrevivirían a una pequeña convivencia… ¿no?
De pronto, sin dudarlo un momento, volvió a doblar el folio y lo dejó sobre la encimera. Recogió la maleta y la chaqueta y cogió las llaves para dejar cerrada la casa del chico de sus sueños.

Media hora después llegó Guillem a casa. Le extrañó encontrarla cerrada, tal y como la había dejado. Dentro no había señales de vida, todo seguía tal y como estaba por la mañana, incluyendo la nota de la cocina. Miró el reloj. Había llamado al aeropuerto y sabía que el vuelo había llegado a su hora, y era imposible que Ángela siguiera dando vueltas en un taxi.
Se asomó al dormitorio. Nada, no había ni una arruga en la colcha. Tuvo entonces un mal presentimiento y se sentó en la cama. ¿Podría ser que se hubiera arrepentido, qué se hubiera ido? No, no podía ser. Llevaban semanas planeando esa escapada, no podía haberse echado atrás.
Se levantó y se dirigió al baño, necesitaba refrescarse un poco. Y, nada más entrar, volvió a sonreír. En frente suyo, escrito con carmín en el espejo, podía leerse:
Tú si que estás guapo.
Y, por detrás de él, surgió Ángela con una sonrisa de oreja a oreja y una mirada pícara. Corrió hacia él, que la cogió en brazos y la besó con ganas.

-Te lo has creído, ¿eh?
-Ni por un momento.- Miente Guillem, mientras la mira con sus ojos azules –Por cierto, es verdad.
-¿El qué? –pregunta Ángela, con las piernas enredadas en su cintura.
-Estás muy, pero que muy guapa. –dice él, antes de volver a besarla.

lunes, 28 de junio de 2010

Una buena historia

-¿No puede mirarlo una vez más? Algo tiene que haber…
-Se lo diré por última vez: no hay nada de nada. Puedo buscar algo para dentro de dos semanas o un mes, pero para esta misma noche es imposible. Está todo agotado desde hace días.
Raúl se revolvió el pelo, algo inquieto, y pensó qué más podía hacer. Necesitaba esas entradas. Se giró un momento y comprobó que Ainhoa seguía hablando por teléfono en mitad de la acera.
Estaba desesperado y, en vista de que no contaba con mucho bolsillo como para recurrir al soborno de aquel estirado taquillero, decidió que lo mejor era explicarle toda la historia.
-Mire, sé que soy muy pesado, pero no lo sería si no fuera necesario tener esas entradas para hoy.
-Entiendo. ¿Acaso el señor se va mañana de la ciudad?
-No, no, yo vivo aquí.
-Entonces, ¿me puede explicar por qué no ha venido usted antes a comprar entradas?
Era tan absurdo que inventar una excusa habría sido aún más lamentable.
-Pues, verá, la culpa no es mía. ¿Ve usted a esa chica que habla por teléfono, la de los pantalones rojos? – El taquillero se incorporó un poco y Raúl se apartó para que pudiera ver bien a Ainhoa. –La conozco desde hace años. Es… es la chica más increíble que he conocido nunca. Y quiero que se venga a vivir aquí, conmigo.
El taquillero no daba crédito a lo que estaba oyendo. Pensaba que los que oían las miserias de los clientes eran los camareros, o los taxistas, pero no alguien que vende entradas para el ballet en el Teatro Real. Aunque su aburrimiento era tal que dejó que el chico se despachara.
-Discúlpeme, joven, pero no entiendo cómo puedo ayudarle yo a que esa chica se mude con usted.
-Verá, nosotros tenemos una relación, digamos… atípica. No somos pareja como tal. Pero yo la quiero, y sé que ella quiere vivir aquí, pero no lo admitirá nunca.
-Me temo que sigo sin entender mi papel.
-A ver…-Raúl hizo un gesto en un intento de que el taquillero le dijera su nombre. No funcionó. –señor taquillero.
Éste suspiró.
-Llámeme Héctor.
-Encantado, Héctor. Resulta que hace unos años hicimos una apuesta. Ainhoa, que es como se llama la chica, odia venir a visitarme porque dice que no soporta esta ciudad. Aunque yo estoy convencido que se queja de puro vicio y porque sabe que yo amo esta ciudad y así me hace de rabiar. El caso es que le dije que tenía que venir a verme más a menudo, porque así podría prepararle una visita decente, con la que conseguiría que amara este sitio tanto como lo amo yo. A lo que ella respondió que al contrario, que a partir de entonces vendría sin avisar, para conocer la ciudad tal y como era, sin que a mi me diera tiempo a preparar nada. Según ella, si esto era realmente como yo decía, todo podría ser fascinante sin haberlo preparado.
-Una chica lista, la suya.
-No lo sabe usted bien. Desde entonces ha venido siempre sin avisar, y no me ha ido mal en la conquista. La última visita, de la que hace solo un mes, me dijo que estaba planteándose seriamente el mudarse aquí, pero que aún había cosas que no había visto. Que no conocía nada de los teatros, con lo famosos que eran. Le dije que me dijera, por una vez, cuándo iba a venir, así sacaría unas entradas para cualquier espectáculo.
-Y ella, una vez más, no se lo dijo.
-Efectivamente, Héctor. Alegó que le gustaría saber si un día podían entrarle ganas de ir al teatro y sacar entradas horas antes de la función. Al principio pensé en reservar siempre dos entradas, pero enseguida deseché esa idea. Hay más de 30 teatros con diversas obras, y no tenía ni idea de cuál era la que ella querría ver. Hoy se ha presentado en mi puerta. Ha traído una maleta, Héctor. Hágase a la idea: en varios años de visita, nunca había traído una maleta. Nunca había venido dispuesta a quedarse. Cuando se lo he comentado, algo cansado ya de pensar siempre cuándo llegará el día de la mudanza, pasábamos justo por delante del teatro. Es “El lago de los cisnes”. Era como una señal, ¿sabe? Su madre adoraba a Tchaikovsky, y lo escuchó sin para durante su embarazo. Así que aquí me tiene. Pidiéndole dos entradas para el ballet para que mi novia se venga a vivir conmigo.
Héctor miró compasivamente a aquel chico de pelo rubio revuelto. Era una historia bonita, de eso no había duda. Pero no estaba seguro de que hubiera algo que él pudiera hacer para contribuir a su final feliz.
-Me hago cargo de su situación, joven, pero…
-Por favor. No estaría suplicándole si no creyera que, de verdad usted puede hacer algo. A veces guardan algunas localidades para personalidades importantes, qué se yo, políticos, esas cosas. Por favor, Héctor, entiéndame…

Hacía rato que Ainhoa había colgado y miraba a la taquilla sin poder creérselo. Raúl llevaba más de 15 minutos negociando con aquel señor por unas entradas. No podía demorarlo más, no podía alargar más el sufrimiento. Le vio darse la vuelta, algo abatido, y le dedicó una sonrisa para reconfortarle.
-No te preocupes. Tampoco es que sea muy aficionada al teatro. Planearé mis impulsos encaminados al arte, y listo.
-Ya pero… te hacía ilusión.
Ainhoa sonreía. Estaba tan abatido que no se daba cuenta de la situación.
-Tranquilo, Raúl. Sobreviviré. Podemos sacar entradas para dentro de dos semanas… si quieres. O para dentro de un mes.
Raúl gritó de alegría y levantó a Ainhoa en brazos, que empezó a reírse a carcajadas y, cuando la dejó en el suelo, se besaron.
Desde su taquilla, Héctor sonreía.

-¡Esto hay que celebrarlo! ¿Qué te parece si nos vamos y preparamos una cena en nuestra casa?
-Mejor aún –dijo Raúl, sacando dos papeles del bolsillo. –Te invito al teatro. Nunca he visto “El lago de los cisnes”.
Ainhoa no podía creer lo que estaba viendo. Cogió las entradas y miró a Raúl, alucinada.
-¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho? ¡Es imposible conseguir entradas para esta obra el mismo día!
-Cariño, nunca subestimes el poder de una buena historia. Y la nuestra es de las mejores.

miércoles, 23 de junio de 2010

Verano

Hace dos días, sin hacer ningún ruido, se adentró en mi casa. A su pasó se llevó las noches frías que había sobre el sofá y las sustituyó por un puñado de tardes al sol y de cervezas en terracitas del centro. Tiró todos mis apuntes al suelo y borró las fechas del calendario, para que nunca supiera qué día era. Las horas del día se dividieron en cuatro: antes de comer, media tarde, noche y las que empleara durmiendo. Sin concretar, sin exactitud; todo eso daba igual.
Abrió el armario y lo llenó de vestidos que olían a flores y a buen tiempo, y se deshizo de todos mis zapatos, para que disfrutara al andar descalza por los parques.
Despacito, de puntillas, se asomó a mi habitación y me despertó con un suave beso en la mejilla. Abrí los ojos despacio y le dediqué una sonrisa.
-Hola Verano.- Susurré- Te estaba esperando.

domingo, 6 de junio de 2010

Para siempre

Martín juguetea con el musgo de la roca sobre la que está sentado con las piernas cruzadas. El sol se está a punto de ponerse y, en un rato, él y Luis tendrán que irse a casa. Pero esta vez no es una despedida cualquiera; lo de hoy no es un “hasta mañana”, como lo lleva siendo 7 años. Martín arranca el musgo y mira a Luis, que hace dibujos en la hierba con un palo.
-Es que no lo entiendo –dice con tono triste. -¿por qué te tienes que ir? ¿Es que a tus padres ya no les gusta vivir aquí?
-Eso pensé yo también, pero mamá está también muy enfadada, y papá dice que la culpa es de su jefe por mandarle a trabajar tan lejos. Pero mamá me ha prometido que nos irá muy bien, que tendremos una casa nueva y que haré muchos amigos, aunque yo ya le he dicho que me gusta esta casa y mis amigos de siempre…

Silencio. El sol empieza a meterse ya entre las montañas, pero ninguno de los dos quiere irse. Entonces, Martín tiene una idea.
-Oye, si eso no te gusta… o si no haces tantos amigos o algo así podrías… podrías volver. ¡Seguro que mis padres te dejarían dormir en la cama que hay en mi cuarto! –¡Es una idea perfecta! ¿Cómo no se le habrá ocurrido antes? Así, Luis y él sería hermanos y no tendrían que dejar de jugar cuando se hiciera de noche. Pero Luis no lo ve tan claro.
-Ya… pero mis padres me echarían mucho de menos.
-¿Y crees que yo no te voy a echar de menos? –dice Martín, algo enfadado. ¿Es que no se da cuenta de que es una solución perfecta?
-Si, y yo también te echaré de menos a ti. Pero mis padres no son tan fuertes como nosotros, y seguro que se pondrían muy tristes. Yo también estoy triste, pero sé que volveremos a vernos y eso me alegra un poco.
-¿Ah, si? ¿Y eso como lo sabes, listo?
-Porque eres mi mejor amigo, y los mejores amigos nunca se olvidan, ya veces vuelven y se ven en verano. Y cuando seamos mayores podremos ir a vernos en coche y quedar para nadar en la playa, en la zona de las rocas donde no se puede nadar con flotador.
-¿De verdad? ¿Vendrás a verme? ¿Aunque hagas otros amigos y vayas con ellos a contar hormigas y a jugar a los exploradores?
-De verdad. Te lo prometo.
Los dos niños se abrazan y el sol se oculta del todo tras el horizonte, levándose una etapa de sus vidas y forzándoles a hacerse un poquito más mayores. Como buenos chicos, como siempre, se encaminan hacia el pueblo y, al llegar al cruce del nogal se separan.
-Bueno… pues entonces ya nos veremos.
-Claro, ya nos veremos.

Y los dos caminan hacia sus casas, en direcciones opuestas. Una lágrima asoma al ojo de Martín y, justo en ese momento, Luis le llama a gritos.
-¡Martííííín! ¡Que se me olvidaba! ¡No lo olvides: somos mejores amigos del alma! ¡Para siempre!
Martín levanta los dos brazos en señal de victoria, como hicieron el día que ganaron las carreras de bicis y se prometieron amistad eterna, y grita:
-¡¡Para siempre!!
Y, a pesar de la falta de luz, puede ver perfectamente como Luis le saluda y le sonríe, justo antes de darse la vuelta y desaparecer… pero sólo por algún tiempo.