jueves, 27 de mayo de 2010

Lo que Diego ha unido...

(Os cuento: me gustaría mucho desarrollar esta historia si dispusiera de tiempo, bastante jodido ahora mismo, y capacidad inventiva, que también escasea para escribir más de dos lineas. No prometo nada, pero que no os extrañe ver a estos personajes por aqui de vez en cuando.)



Pablo entra en casa empapado. Al volver del gimnasio se ha puesto a llover en los 3 minutos que hay del metro a su casa y se ha calado hasta los huesos. Mientras avanza por el pasillo va quitándose la ropa mojada y la va arrojando al suelo o al sofá. Antes de encaminarse hacia la ducha consulta el móvil. 4 llamadas perdidas en la última media hora. Sonríe al ver el nombre: Carlota. Hace meses que no la ve. Sin pensárselo dos veces marca su número, ansioso por saber a qué viene tanta urgencia.

-Pablo…
-¡Hola canija! ¡Me encanta que me hayas llamado! ¿Cómo estás?
-Pablo… Llevo llamándote toda la tarde. –No suena amable. Tal vez, piensa Pablo, está molesta porque no le ha cogido el teléfono.
-Si, perdona, tenía el móvil en casa y había salido. Oye, suenas rara, ¿estás bien?
-Tenemos que vernos. –No, la palabra no es molesta. Está… está fría. Gélida. Carlota no es así.
-Claro, claro, tengo muchas ganas. Puedo intentar hacerte un hueco esta semana, o la que viene… ¿Cómo de urgente es tu necesidad de verme? –añade Pablo para desdramatizar la situación. Dos segundos después, se arrepintió de haberlo dicho. Cinco segundos más tarde ni siquiera recordaba nada más allá de la contestación de Carlota.
-Pablo yo… quería decírtelo persona pero… es que… -Se produjo un silencio extraño, seguido de un sollozo y la verdad más dolorosa.- Pablo, Diego ha muerto.
Es curioso como, a veces, una simple frase puede cambiarte la vida.


El cielo está especialmente azul, como si invitara a la gente a salir a la calle y ser feliz. Como si les invitara a vivir.
Reunidos en torno a una pequeña lápida hay un grupo de gente, todos de negro. Se saludan unos a otros, con mensajes de aliento y lágrimas en los ojos. Mientras el cura dice unas palabras, un pequeño grupo se retira un poco. No hay que ser muy despierto para darse cuenta que no se retiran por falta de respeto, sino por exceso de dolor. No en vano, ellos cinco acaparan la mayoría de las miradas y palabras de condolencia.
-Siempre había pensado que los entierros se hacían en días lluviosos- dice Ángel. A su lado, Alba y Carlota, cogidas de la mano, se aguantan un sollozo y se secan las lágrimas. –Se me hace muy extraño estar aquí con tanto sol.
-Perderle es extraño. –Consigue decir Alba, sin dejar de llorar.- Y muy injusto.
La mano de Hugo se posa en su hombro y la reconforta. Ella, de manera casi inconsciente, se lleva la suya al vientre.
Pablo les mira a todos con el corazón encogido. Llevaban meses sin verse. Puede que más de un año sin quedar los cinco a la vez. Diego lo había vuelto a hacer: había logrado reunirles a todos. Desde luego que era injusto.
Es Carlota quien propone lo que todos tienen en mente.
-Chicos, ¿por qué no nos vamos de aquí? No quiero recibir más pésames. No quiero seguir hablando con esta gente de lo bueno que era y de la suerte que tuvimos al cruzarnos en su camino. Quiero ir a casa, brindar a su salud y recordar todas las veces que nos regañaba cuando corríamos por la piscina y nos pegábamos en el cuarto de baño. ¿Alguien se apunta?
Los cinco sonríen y se van retirando hacia la salida. Pablo se queda un momento más, mirando al horizonte junto a Hugo.
-Estás pensando lo mismo que yo.
-No fue un accidente.
-¿Y qué deberíamos hacer?
-De donde yo vengo…
-Que es de donde vengo yo…
-…quien la hace la paga. Y si la justicia se lava las manos tendremos que encargarnos nosotros.
-Sabes que cuentas conmigo.
-Lo sé, hermano. Y hablaremos de todo ello, pero ahora no. Esta noche es de Diego. Quiero que se sienta orgulloso del pedo que nos vamos a coger.
-Si, como aquella vez que nos pilló llegando a casa a la una con 16 años –dice Hugo con una sonrisa.
-Aquel día casi dormimos en la calle.
Los dos sueltan tal carcajada que parte de la gente que está junto a la lápida se gira para mirarlos, aunque a ellos les da igual. Se dan la vuelta y, entre risas, se unen a sus amigos.

-¿Qué hacíais? –Pregunta Carlota, algo inquisitiva. Pablo se da cuenta de que parte de la alegría que la caracterizaba se ha ido con Diego, y quién sabe si volverá.
-Hablando de unas cosas… que ya os contaremos en su momento. Esta noche no, esta noche hay un objetivo: contar batallitas al más puro estilo abuelo.
-Me pido contar la de la excursión a las barcas del Retiro.- Dice Ángel.
-Me encanta esa historia. La imagen de Hugo empapado y rodeado de patos no se me olvidará en la vida.
Los cinco se ríen, entran al coche y ponen rumbo a la nostalgia. Esa noche es de ellos y de Diego, que les dio un hogar y les vio crecer. Esa noche es para recuperar historias y fortalecer los lazos. Van a necesitar estar muy compenetrados para salir con éxito del lío en el que están a punto de meterse.
Pero esa, como siempre, es otra historia.

3 comentarios:

Ana dijo...

La verdad es que tiene buena pinta, espero que puedas seguir escribiéndola :)

aidanone* dijo...

Guau, está super genial! Es diferente a lo que sueles hacer, pero me encanta!
máaaaaaaas, quiero MAAAAAAAAAAAÁS!

Lady_Fenix dijo...

Ayyy empieza muy bien!! Las historias con muchas voces las manejas muy bien, estoy segura de que si la sigues se va a desarrollar de manera muy interesante :D
Un besazo!