Era tan metódica, necesitaba llevar tanto control de lo que hacía, que hasta se hizo un horario con las cosas con las que debía soñar cada noche.
Y siempre lo cumplía.
jueves, 6 de junio de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
Para cuando llegue la tormenta
Lo mejor de los días de lluvia es que nadie te dice nada si eliges quedarte en casa. Puedes subir las persianas, abrir las cortinas y hacerlo todo con la lluvia de fondo.
Si tienes suerte, se puede formar una tormenta gigante, de las que oscurece el cielo y llena el aire de truenos y humedad. Así, lo único que apetece es coger una postura adecuada (adecuada a la situación, no a los cánones de tu madre de "espalda recta, pecho fuera"), echar mano de una manta (si la temperatura lo requiere), ponerse un pijama cómodo y viejo (esto último es opcional), y disfrutar.
Se puede disfrutar con un buen libro, que nos mantenga atentos a cada párrafo, con una película de amor de las que nos hacen abrazar el cojín (importante, puede que necesitemos un cojín tamaño abrazo) o con una una serie de esas que nos hacen reír y llorar al mismo tiempo (es importante tener en cuenta que los días de lluvia la lágrima asoma más fácilmente, pero esto no tiene por qué ser malo).
Lo importante, elijamos lo que elijamos, es relajase y desahogarse, que el cuerpo descanse. Y, si buscas un plus de confort, prueba a acompañarlo todo de una taza caliente de té, el que más te guste. Es importante que sea una taza y no un vaso porque, por un lado, evitarás quemarte y, por otro, porque pocas cosas producen una placentera sensación de hogar y calor como la que produce la imagen de una bonita y humeante taza.
Oyes llover, apagas las luces, subes la manta. Ya está aquí la tormenta.
lunes, 4 de marzo de 2013
Bollos
-Por favor,- suplicaba Natalia- por favor, dime que no te
enrollaste con él.
La joven daba vueltas por el salón mientras su compañera,
aun en pijama y sin peinar, buscaba un plato y algo que comer.
-Es gracioso, porque hay muy pocas cosas en mi mente de anoche,
pero esa es una de las que sí que recuerdo.
-¡Dios, Ele, dios! ¿Por qué? ¿Por qué de todas las personas
que había en la fiesta tuviste que irte con él?
-Ay, hija, yo qué sé. – dijo mientras llenaba un plato con
tostadas. – Pues porque surgió así. ¿Y a ti qué más te da? No es que vayan a
despedirte por eso.
Natalia puso los ojos en blanco y hundió la cara en un
cojín.
-¡Pues claro que sí! Es el tío al que mi jefa le tiene
echado el ojo desde hace un mes, le lleva a todas las fiestas, se lo trabaja, y
yo te invito como acompañante una noche y le jodes todo el plan. Dios, estoy en
la calle.
-Eres una exagerada, -dijo mordiendo una galleta.
-¿Os vio alguien?
Echó unas tortitas al plato y algo de chocolate.
-Sinceramente, mi nivel de consciencia no me da para
recordar los detalles, pregúntaselo a él.
-Me desespera tu pasotismo matinal. Por cierto, si la resaca
hace que te comas todo eso, engordarás 8 kilos.
-Mujer, no es sólo para mí.
-Yo ya he desayunado.
-Ya lo sé. Ty, ¿una galleta?
Nat se dio la vuelta y se encontró una figura masculina
caminando por el pasillo. Una figura masculina no demasiado vestida, dicho sea
de paso.
-Buenos días, -dijo levantando una mano hacia el sofá.
-Vamos a ver, vamos a ver, vamos a ver. – La voz de Natalia
expresaba su pánico.- ¿Me estás diciendo que no sólo te enrollaste con este tío
si no que te lo trajiste a casa? ¿Cómo cojones quieres que justifique ante mi
jefa que pasó la noche aquí?
Elena estaba demasiado ocupada eligiendo unos bollos como
para contestar. Le apetecía mucho alguno relleno de chocolate o de crema.
-No creo que pase nada-dijo él besándole la frente y agarrando
un tortita, - por lo del falso rumor y todo eso.
Natalia y Ele se miraron sin entender nada.
-¿No lo sabéis? –Ambas negaron con la cabeza. Bueno, Nat
negó. Ele hizo un gesto extraño ya que la resaca no le permitía moverse más sin
ver las estrellas.- Miranda cree que estáis liadas. De hecho yo también lo creí al principio de
la noche. A ver si te crees que habría podido invitarte a una copa detrás de
otra si ella no hubiese creído que eras inofensiva.
Ele asintió y levantó las cejas, como si todo le pareciera
lógico, pero Nat se puso de pie de golpe.
-¿Lesbiana? ¿Por qué? Quiero decir… que no es que me ofenda,
pero… ¿Por qué cree que soy lesbiana?
-Posiblemente sea por el pelo -dijo Ele hurgando en unos
cereales. Ty asintió con la cabeza para expresar conformidad.
-Iros los dos a la mierda.
-¡Pero Nat, no te pongas así! ¡Si es mucho mejor! Ahora
podemos decir que Ty estaba muy borracho, y que yo también, y que como no
querías dejarle solo nos trajiste a los dos a casa y él ha dormido en el sofá.
Porque supongo que si somos pareja no tiene sentido que tengamos una segunda
habitación, ¿no?
-Bueno, -dijo Ty sin dejar de comer- en realidad aquí es
bastante frecuente, sobre todo si vuestras familias son de fuera. Así podrían
quedarse aquí cuando vengan a veros.
Ella levantó una cuchara antes de hundirla en un cuenco de
cereales.
-Eres un chico listo. Me gusta esa teoría. Nat, ¿a ti que te
parece?
-Me parece que me vuestra cháchara va a hacer que me estalle
la cabeza.
Y, dicho eso, salió dela habitación y se encerró en su
cuarto. Ele mojó una galleta en el té.
-Madre mía, y luego dice que tiene buen humor al
despertarse.
-Dicen que las lesbianas son muy temperamentales, -dijo Ty
mientras bañaba unas tortitas en chocolate.
-Eso va a ser.
viernes, 30 de noviembre de 2012
domingo, 15 de abril de 2012
Buena memoria
Sara apagó el baño y fue a meterse en la cama. Jaime había abandonado su lectura y tenía la mirada perdida en la pared.
-¿Qué te pasa?- Preguntó ella, mientras colocaba las almohadas.
-Estaba pensando en la noche que nos presentaron.
-El cumpleaños de Laura.
-Exacto. Llevabas esa camiseta azul de un tirante y el pelo rizado.
Sara se quedó sorprendida.
-Vaya memoria. ¿Cómo puedes acordarte de tantas cosas? Yo apenas recuerdo lo que sonaba…
-“Billy Jean”, de Michael. Me acuerdo porque Pat intentó imitar el baile y lo único que consiguió fue que nos partiésemos de la risa.
-Eso sí lo recuerdo.
Ambos se ríen. Sara le observa sonreír y añade:
-Recuerdo que pensé que te reías de una forma muy graciosa. Y tú, Don “me acuerdo de muchas cosas”, ¿recuerdas qué pensaste cuando nos conocimos?
-Por supuesto. Pensé que eras demasiado guapa para ser muy inteligente.-
Ella levanta una ceja.
Ella levanta una ceja.
-¡Idiota! ¡Que lo estoy diciendo en serio!
-¡Y yo! Aunque luego te conocí y pensé que eras demasiado inteligente para ser tan guapa.
lunes, 31 de octubre de 2011
Calló de pronto. Se dio cuenta de que la única que hablaba era ella, y no quería resultar pesada.
-Perdona, -dijo con pudor- llevo más de 20 minutos hablando sin parar sobre mí. Lo siento.
Él le dedicó una sonrisa cálida. Cálida y sincera.
-No importa. Me gusta escucharte hablar. -Dio otra calada a su cigarrillo.- Sigue, acaba la historia. Ya hablaremos de mí luego.
Fue en ese momento en el que ella se dio cuenta de la suerte que tenía, y de lo mucho que iba a quererle.
domingo, 9 de octubre de 2011
En el armario
Martina está tapada hasta la nariz y tiene los ojos abiertos de par en par. Aunque la luz del cuarto está apagada, la de la mesilla de noche sigue iluminando parte de la habitación. A pesar de que son más de las 11, Martina no se puede dormir, y se esconde bajo el edredón sin poder apartar sus ojos verdes de las puertas del armario.
Su corazón, acelerado por el miedo, se relaja un poco al oír la puerta de la calle. Es Mamá. Saber que ella está ya allí le tranquiliza. Con ella nunca le pasará nada malo. Al ver una luz encendida, Mamá se asoma a su cuarto.
-¡Pero bueno, mira quién sigue despierta!- Dice con cariño, y se acerca a la cama. -¿Qué te pasa, cielo?
-No puedo dormir. –Susurran los labios de Martina bajo las sábanas. Su madre se sienta sobre el colchón y le acaricia el pelo.
-Con lo tarde que es… ¿has dormido siesta?- Martina niega con la cabeza. -¿Te encuentras mal? ¿Qué ha pasado?
-Tengo miedo.
Su madre sonríe y le abraza.
-Pero cariño, ¿de qué?
-De que el monstruo de la película salga del armario. –Dice la pequeña, mientras señala con la mirada las puertecitas blancas del mueble.
-¿Qué monstruo?
-Ese de la película que han visto Mario y Rober, -dice Martina, atropellando las palabras –en la que un bicho muy feo iba comiéndose a chicas y se escondía por la casa. En armarios, por ejemplo.
Mamá está que echa chispas.
-¿¡Has visto esa película con tus hermanos!?
-Sólo mientras cenábamos, luego me he ido. -Martina intenta excusarse.
-No cariño. –Mamá suaviza el tono. –No es culpa tuya. Ya hablaré yo con tus hermanos. –Le besa suavemente la frente. –Pero ese monstruo estaba en la tele. Y esto no es la tele, ¿no? ¿Por qué iba a haber nada en tu armario?
-Porque sí. En esa película tampoco se lo creían, y luego salía y se los comía. Era muy feo mamá, y yo no quiero que me pase eso…
Martina saca los brazos de debajo del edredón y abraza fuerte a Mamá. Esta le acaricia la cabeza y decide cambiar de táctica.
-¿Tú crees que lo que sale en las películas puede estar en tu armario? –Martina, con la cabeza hundida en el regazo de su madre, asiente y suelta un sollozo. –Bueno, a lo mejor es verdad. Pero, entonces, todo lo que sale en las películas puede estar en tu armario. ¿Por qué iba a salir un monstruo? Tal vez salga aquel conejo de la película que viste con la abuela. O los niños de Peter Pan, para jugar contigo. En ese armario tal vez hay monstruos pero, cariño, también puede que haya hadas, princesas de cuento, animales que hablan, piratas, robots, superhéroes… Si hay de lo uno, habrá de lo otro, ¿no?
Martina ya no está acurrucada, y mira a Mamá fijamente con ojos brillantes y la boca muy abierta.
-A lo mejor el monstruo está peleando con los piratas.
-A lo mejor.
-O secuestrando princesas.
-O jugando con ellas…
-¡Las princesas no juegan con monstruos! –Dice Martina riendo. Mamá la abraza fuerte y le coge de las manos.
-Voy a cambiarme de ropa. Luego vendré a apagarte la luz, ¿vale princesa?
La pequeña asiente y se tapa con las mantas. Pero cuando su madre sale del cuarto, Martina baja de la cama y abre el armario de par en par. Ha decidido que, desde ese día, va a dormir con las puertas abiertas. Porque de su armario podrán salir las cosas más horribles del mundo, pero también las más maravillosas. Y es que a veces merece la pena asumir riesgos, porque Martina tiene claro que todas esas cosas buenas son infinitamente mejores que todo lo peor que pueda pasarle.
Y nunca más tuvo miedo.
jueves, 13 de enero de 2011
Neutral
-Por favor, dímelo. Tú en esto se supone que eres neutral, así que dime: ¿qué tiene él que no tenga yo?
-¿Tengo que enumerartelo todo o te valen 6 o 7 cosas?
sábado, 18 de diciembre de 2010
Comparaciones
El sol empezó a asomarse entre los edificios y a llenar de luz las pistas de deporte. Desde ahí arriba podía verse perfectamente cómo la ciudad iba amaneciendo. Un grupo de amigos, sentados en las gradas, contemplaba el espectáculo mientras apuraban unos refrescos y comían pipas. Eran los supervivientes de una fiesta cercana que celebraba el comienzo del verano.
Marco acabó su botella, se levantó y fue hasta el coche. Abrió las cuatro puertas y subió el volumen de la radio. Un éxito musical de hace unos cuantos años empezó a sonar.
-¡Vamos, chicos, que no se diga! Que sólo son las 7 y media, no podéis estar tan cansados.
Así, entre risas y música, poco a poco se fueron levantando unos a otros, siguiendo el ritmo. Jorge se quedó sólo en las gradas, mirando a todos juntos, y le pareció que, de golpe, todo podía volver a tener sentido.
Clara se liberó de un inicio de conga y se sentó a su lado.
-Estoy ya mayor. No puedo con mi alma.
Jorge sonrió.
-Qué me vas a contar. Yo no bailo porque creo que mis piernas hace rato que se han ido a la cama.
Clara miró al resto de sus amigos, que movían la conga serpenteando entre los coches. Se acercó un poco más a Jorge.
-No se cómo vas a tomarte esto, pero tengo que decírtelo. Sé que no te gustan las comparaciones, pero me he fijado en…
-No. Ni se te ocurra.
-¿Qué?
-Que veo por dónde vas, estáis todos igual. Dejad de compararla con Blanca, ¿vale? Porque ella ya no está, no va a volver.
-Jorge, yo no…
-Y me estáis empezando a cansar con eso de que nunca encontraré a una igual, que ella era perfecta, que lo que me ha pasado es una mierda… Ya sé todo eso, no necesito que nadie me lo diga. No necesito oír lo mucho que me quería antes de irse para siempre.
Jorge hundió la cabeza entre las rodillas y se la tapó con ambas manos. Clara le pasó un brazo por los hombros y apoyó su mejilla sobre él.
-Lo siento, cariño. Nadie quiere hacerte sentir mal. Nos preocupamos por ti. Tal vez no lo estamos haciendo bien, y no deberíamos psicoanalizar a todas las mujeres que conoces, pero tú no fuiste el único que la perdió.
-Ya lo sé.
-Y por supuesto que tienes derecho a salir con otras, a ser feliz y a enamorarte otra vez. Tu puedes “reemplazarla”, por así decirlo. Pero nosotros no. No podemos tener otra amiga que ocupe su puesto, porque no habrá nadie como ella. Así que, cada vez que nos presentas a alguien, no vemos a una novia: vemos a una amiga que nunca será como Blanca.
Jorge levantó la cabeza.
-Nunca lo había visto así. Nunca me había puesto en vuestro lugar, supongo.
-Hazlo ahora que lo sabes. –Jorge apoyó su cabeza sobre la de Clara.- Sé que es injusto, pero te prometo que, con el tiempo, todo será mejor.
-Odio al puto tiempo. Se supone que lo cura todo… pero lo hace a una velocidad de mierda.
Clara sonrió.
-Hasta que eso pase… nosotros siempre estaremos aquí.
Le apretó el brazo con la mano, y Jorge le cogió la otra. Se quedaron un rato así, mirando como el resto se divertía. Ahora se habían puesto por grupos y fingían hacer una batalla de bailes.
-Por cierto, ¿qué querías decirme?
-Nada. Sólo que… me gusta. Es muy simpática. Y te mira… te mira como lo hacía Blanca.
Jorge sonrió.
-Lo sé.
-¡Vamos, chicos, que no se diga! Que sólo son las 7 y media, no podéis estar tan cansados.
Así, entre risas y música, poco a poco se fueron levantando unos a otros, siguiendo el ritmo. Jorge se quedó sólo en las gradas, mirando a todos juntos, y le pareció que, de golpe, todo podía volver a tener sentido.
Clara se liberó de un inicio de conga y se sentó a su lado.
-Estoy ya mayor. No puedo con mi alma.
Jorge sonrió.
-Qué me vas a contar. Yo no bailo porque creo que mis piernas hace rato que se han ido a la cama.
Clara miró al resto de sus amigos, que movían la conga serpenteando entre los coches. Se acercó un poco más a Jorge.
-No se cómo vas a tomarte esto, pero tengo que decírtelo. Sé que no te gustan las comparaciones, pero me he fijado en…
-No. Ni se te ocurra.
-¿Qué?
-Que veo por dónde vas, estáis todos igual. Dejad de compararla con Blanca, ¿vale? Porque ella ya no está, no va a volver.
-Jorge, yo no…
-Y me estáis empezando a cansar con eso de que nunca encontraré a una igual, que ella era perfecta, que lo que me ha pasado es una mierda… Ya sé todo eso, no necesito que nadie me lo diga. No necesito oír lo mucho que me quería antes de irse para siempre.
Jorge hundió la cabeza entre las rodillas y se la tapó con ambas manos. Clara le pasó un brazo por los hombros y apoyó su mejilla sobre él.
-Lo siento, cariño. Nadie quiere hacerte sentir mal. Nos preocupamos por ti. Tal vez no lo estamos haciendo bien, y no deberíamos psicoanalizar a todas las mujeres que conoces, pero tú no fuiste el único que la perdió.
-Ya lo sé.
-Y por supuesto que tienes derecho a salir con otras, a ser feliz y a enamorarte otra vez. Tu puedes “reemplazarla”, por así decirlo. Pero nosotros no. No podemos tener otra amiga que ocupe su puesto, porque no habrá nadie como ella. Así que, cada vez que nos presentas a alguien, no vemos a una novia: vemos a una amiga que nunca será como Blanca.
Jorge levantó la cabeza.
-Nunca lo había visto así. Nunca me había puesto en vuestro lugar, supongo.
-Hazlo ahora que lo sabes. –Jorge apoyó su cabeza sobre la de Clara.- Sé que es injusto, pero te prometo que, con el tiempo, todo será mejor.
-Odio al puto tiempo. Se supone que lo cura todo… pero lo hace a una velocidad de mierda.
Clara sonrió.
-Hasta que eso pase… nosotros siempre estaremos aquí.
Le apretó el brazo con la mano, y Jorge le cogió la otra. Se quedaron un rato así, mirando como el resto se divertía. Ahora se habían puesto por grupos y fingían hacer una batalla de bailes.
-Por cierto, ¿qué querías decirme?
-Nada. Sólo que… me gusta. Es muy simpática. Y te mira… te mira como lo hacía Blanca.
Jorge sonrió.
-Lo sé.
martes, 2 de noviembre de 2010
Contención
A veces, en los días más grises, Claudia sentía que estaba sujetando un dique, una presa gigante que retenía una enorme corriente de agua. La sujetaba para que los demás no fueran arrastrados, para que no se los llevara la corriente lejos de ella, donde ya no les encontrara. Pero no se daba cuenta de que, al sujetarla, ella misma se iba ahogando dentro de ese embalse.
No sabía pedir ayuda. No sabía soltar poco a poco el agua de esta presa porque no lo había hecho antes. Llevaba años dejándose los nudillos contra esa fría pared de piedra, que la separaba del mundo. Y no sabía si debía soltarla porque, cuando se imaginaba que lo hacía, preveía que se llevaría muchas cosas por delante.
A veces, en su fría guarida de roca desde donde controlaba el caudal de su presa, Claudia pensaba cómo sería la vida en compañia, donde la gente se ayudara con sus problemas y el peso no reposara sólo en sus hombros. Pero eso ella nuca lo sabría, porque estaba condenada a morir allí en medio, dentro de su solitaria presa, llena de agua, de secretos y de emociones contenidas.
Nunca se dió cuenta de que, con su esfuerzo, no estaba protegiendo a los demás. Sólo conseguía que se alejaran de ella.
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