domingo, 9 de octubre de 2011

En el armario

Martina está tapada hasta la nariz y tiene los ojos abiertos de par en par. Aunque la luz del cuarto está apagada, la de la mesilla de noche sigue iluminando parte de la habitación. A pesar de que son más de las 11, Martina no se puede dormir, y se esconde bajo el edredón sin poder apartar sus ojos verdes de las puertas del armario.
Su corazón, acelerado por el miedo, se relaja un poco al oír la puerta de la calle. Es Mamá. Saber que ella está ya allí le tranquiliza. Con ella nunca le pasará nada malo. Al ver una luz encendida, Mamá se asoma a su cuarto.
-¡Pero bueno, mira quién sigue despierta!- Dice con cariño, y se acerca a la cama. -¿Qué te pasa, cielo?
-No puedo dormir. –Susurran los labios de Martina bajo las sábanas. Su madre se sienta sobre el colchón y le acaricia el pelo.
-Con lo tarde que es… ¿has dormido siesta?- Martina niega con la cabeza. -¿Te encuentras mal? ¿Qué ha pasado?
-Tengo miedo.
Su madre sonríe y le abraza.
-Pero cariño, ¿de qué?
-De que el monstruo de la película salga del armario. –Dice la pequeña, mientras señala con la mirada las puertecitas blancas del mueble.
-¿Qué monstruo?
-Ese de la película que han visto Mario y Rober, -dice Martina, atropellando las palabras –en la que un bicho muy feo iba comiéndose a chicas y se escondía por la casa. En armarios, por ejemplo.
Mamá está que echa chispas.
-¿¡Has visto esa película con tus hermanos!?
-Sólo mientras cenábamos, luego me he ido. -Martina intenta excusarse.
-No cariño. –Mamá suaviza el tono. –No es culpa tuya. Ya hablaré yo con tus hermanos. –Le besa suavemente la frente. –Pero ese monstruo estaba en la tele. Y esto no es la tele, ¿no? ¿Por qué iba a haber nada en tu armario?
-Porque sí. En esa película tampoco se lo creían, y luego salía y se los comía. Era muy feo mamá, y yo no quiero que me pase eso…
Martina saca los brazos de debajo del edredón y abraza fuerte a Mamá. Esta le acaricia la cabeza y decide cambiar de táctica.
-¿Tú crees que lo que sale en las películas puede estar en tu armario? –Martina, con la cabeza hundida en el regazo de su madre, asiente y suelta un sollozo. –Bueno, a lo mejor es verdad. Pero, entonces, todo lo que sale en las películas puede estar en tu armario. ¿Por qué iba a salir un monstruo? Tal vez salga aquel conejo de la película que viste con la abuela. O los niños de Peter Pan, para jugar contigo. En ese armario tal vez hay monstruos pero, cariño, también puede que haya hadas, princesas de cuento, animales que hablan, piratas, robots, superhéroes… Si hay de lo uno, habrá de lo otro, ¿no?
Martina ya no está acurrucada, y mira a Mamá fijamente con ojos brillantes y la boca muy abierta.
-A lo mejor el monstruo está peleando con los piratas.
-A lo mejor.
-O secuestrando princesas.
-O jugando con ellas…
-¡Las princesas no juegan con monstruos! –Dice Martina riendo. Mamá la abraza fuerte y le coge de las manos.
-Voy a cambiarme de ropa. Luego vendré a apagarte la luz, ¿vale princesa?
La pequeña asiente y se tapa con las mantas. Pero cuando su madre sale del cuarto, Martina baja de la cama y abre el armario de par en par. Ha decidido que, desde ese día, va a dormir con las puertas abiertas. Porque de su armario podrán salir las cosas más horribles del mundo, pero también las más maravillosas. Y es que a veces merece la pena asumir riesgos, porque Martina tiene claro que todas esas cosas buenas son infinitamente mejores que todo lo peor que pueda pasarle.
Y nunca más tuvo miedo.

jueves, 13 de enero de 2011

Neutral

-Por favor, dímelo. Tú en esto se supone que eres neutral, así que dime: ¿qué tiene él que no tenga yo?
-¿Tengo que enumerartelo todo o te valen 6 o 7 cosas?

sábado, 18 de diciembre de 2010

Comparaciones

El sol empezó a asomarse entre los edificios y a llenar de luz las pistas de deporte. Desde ahí arriba podía verse perfectamente cómo la ciudad iba amaneciendo. Un grupo de amigos, sentados en las gradas, contemplaba el espectáculo mientras apuraban unos refrescos y comían pipas. Eran los supervivientes de una fiesta cercana que celebraba el comienzo del verano.
Marco acabó su botella, se levantó y fue hasta el coche. Abrió las cuatro puertas y subió el volumen de la radio. Un éxito musical de hace unos cuantos años empezó a sonar.
-¡Vamos, chicos, que no se diga! Que sólo son las 7 y media, no podéis estar tan cansados.
Así, entre risas y música, poco a poco se fueron levantando unos a otros, siguiendo el ritmo. Jorge se quedó sólo en las gradas, mirando a todos juntos, y le pareció que, de golpe, todo podía volver a tener sentido.
Clara se liberó de un inicio de conga y se sentó a su lado.
-Estoy ya mayor. No puedo con mi alma.
Jorge sonrió.
-Qué me vas a contar. Yo no bailo porque creo que mis piernas hace rato que se han ido a la cama.
Clara miró al resto de sus amigos, que movían la conga serpenteando entre los coches. Se acercó un poco más a Jorge.
-No se cómo vas a tomarte esto, pero tengo que decírtelo. Sé que no te gustan las comparaciones, pero me he fijado en…
-No. Ni se te ocurra.
-¿Qué?
-Que veo por dónde vas, estáis todos igual. Dejad de compararla con Blanca, ¿vale? Porque ella ya no está, no va a volver.
-Jorge, yo no…
-Y me estáis empezando a cansar con eso de que nunca encontraré a una igual, que ella era perfecta, que lo que me ha pasado es una mierda… Ya sé todo eso, no necesito que nadie me lo diga. No necesito oír lo mucho que me quería antes de irse para siempre.
Jorge hundió la cabeza entre las rodillas y se la tapó con ambas manos. Clara le pasó un brazo por los hombros y apoyó su mejilla sobre él.
-Lo siento, cariño. Nadie quiere hacerte sentir mal. Nos preocupamos por ti. Tal vez no lo estamos haciendo bien, y no deberíamos psicoanalizar a todas las mujeres que conoces, pero tú no fuiste el único que la perdió.
-Ya lo sé.
-Y por supuesto que tienes derecho a salir con otras, a ser feliz y a enamorarte otra vez. Tu puedes “reemplazarla”, por así decirlo. Pero nosotros no. No podemos tener otra amiga que ocupe su puesto, porque no habrá nadie como ella. Así que, cada vez que nos presentas a alguien, no vemos a una novia: vemos a una amiga que nunca será como Blanca.
Jorge levantó la cabeza.
-Nunca lo había visto así. Nunca me había puesto en vuestro lugar, supongo.
-Hazlo ahora que lo sabes. –Jorge apoyó su cabeza sobre la de Clara.- Sé que es injusto, pero te prometo que, con el tiempo, todo será mejor.
-Odio al puto tiempo. Se supone que lo cura todo… pero lo hace a una velocidad de mierda.
Clara sonrió.
-Hasta que eso pase… nosotros siempre estaremos aquí.
Le apretó el brazo con la mano, y Jorge le cogió la otra. Se quedaron un rato así, mirando como el resto se divertía. Ahora se habían puesto por grupos y fingían hacer una batalla de bailes.
-Por cierto, ¿qué querías decirme?
-Nada. Sólo que… me gusta. Es muy simpática. Y te mira… te mira como lo hacía Blanca.
Jorge sonrió.
-Lo sé.

martes, 2 de noviembre de 2010

Contención

A veces, en los días más grises, Claudia sentía que estaba sujetando un dique, una presa gigante que retenía una enorme corriente de agua. La sujetaba para que los demás no fueran arrastrados, para que no se los llevara la corriente lejos de ella, donde ya no les encontrara. Pero no se daba cuenta de que, al sujetarla, ella misma se iba ahogando dentro de ese embalse.

No sabía pedir ayuda. No sabía soltar poco a poco el agua de esta presa porque no lo había hecho antes. Llevaba años dejándose los nudillos contra esa fría pared de piedra, que la separaba del mundo. Y no sabía si debía soltarla porque, cuando se imaginaba que lo hacía, preveía que se llevaría muchas cosas por delante.
A veces, en su fría guarida de roca desde donde controlaba el caudal de su presa, Claudia pensaba cómo sería la vida en compañia, donde la gente se ayudara con sus problemas y el peso no reposara sólo en sus hombros. Pero eso ella nuca lo sabría, porque estaba condenada a morir allí en medio, dentro de su solitaria presa, llena de agua, de secretos y de emociones contenidas.
Nunca se dió cuenta de que, con su esfuerzo, no estaba protegiendo a los demás. Sólo conseguía que se alejaran de ella.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Irresistible

-No has dicho nada de mi cambio de look.
-Ya sabes lo que opino de las rubias.
-Mmm… No. ¿El qué?
-Me parecen irresistibles.
-Ah…
-Aunque a ti no te hace falta teñirte el pelo para eso.

lunes, 20 de septiembre de 2010

De par de mañana

El timbre de la puerta despierta a Dani, que abre un ojo y mira el reloj. Son las 11:24 de la mañana. Y es domingo. No puede ser nada importante y, sin embargo, vuelven a llamar. Lentamente, Dani se levanta y se pone la camiseta mientras se dirige a la puerta. Al otro lado siguen llamando, cosa que le desespera.
-Va, ¡va!
Al abrir la puerta se encuentra con Pablo, que entra en casa hecho una furia y se pone a caminar por el salón dando gritos.
-Está con alguien. Con un tío, seguro. Se ha pasado la noche fuera diciendo que estaba en casa de una amiga, pero sus amigas estaban anoche en El Barco y ella no estaba. ¿Qué coño se cree, qué soy idiota? Esta niña me vacila, Dani, se cree que soy idiota.
Dani se frota los ojos y se le queda mirando.
-“Buenos días Dani, ¿puedo pasar?” “si, claro tío, ¿pasa algo?” “no, quería hablar un momento contigo”…Qué tiempos aquellos, cuando la gente explicaba de qué hablaba antes de ponerse a gritar gilipolleces en mitad de tu salón a las 11 de la mañana.
Pablo se para de golpe.
-Lo siento, tienes razón. Perdona. –De pronto se da cuenta de la cara de su amigo y de su pelo despeinado.- No me digas que estabas durmiendo.
Dani cierra la puerta de la calle y se sienta en el sofá.
-Pues si, pero bueno, da igual. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quién está con quién?
-Andrea.
Al oírlo, Dani pone los ojos en blanco.
-Ya estamos otra vez. Pablo, por favor, que es muy temprano.
-Joder, es que tú no lo entiendes. Se ha pasado la noche fuera con vete a saber tú quién haciendo vete a saber tú el qué.
-Pues lo que hacías tú a su edad. ¿Has desayunado? –dijo acercándole un tarro con galletas. Pablo las rechazó con la mano.
-Tengo el estómago cerrado, llevo toda la noche pensando dónde puede estar.
-Estás enfermo. ¿Me estás diciendo que no has dormido nada?
-Anoche salí y no la vi, y al volver a casa no estaba…y no he podido dormirme. Por cierto, ¿dónde te metiste tú?
Dani se le dio un mordisco a la galleta antes de contestar.
-Salí con un grupo de amigos, dimos una vuelta… Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no puedes ser la sombra de tu hermana. Por Dios, Pablo, que tiene casi 20 años.
-Es una cría.
-Pero tiene edad suficiente para usar la cabeza, ¿no?
-Entonces ¿por qué me miente diciendo que se va con sus amigas?
Dani empezó a desesperarse.
-Porque así te mantiene callado. Mira, no te va a contar lo que hace de verdad si no dejas de montarle un pollo cada vez que sale de casa. Que no eres su padre.
Pablo suspiró.
-Tal vez tengas razón.
Dani le puso la mano en el hombro y le condujo hacia la puerta.
-Hazme caso: vete a casa, descansa. Y cuando veas a Andrea pregúntale, si quieres, pero por encima, con calma. No la interrogues, ya te lo contará ella lo que quiera contarte. Seguro que lo de sus amigas tiene una explicación.
-¿Por qué me da la sensación de que me estás echando?
-¡No te estoy echando! Es sólo que… es muy temprano, y tengo sueño…y… Y si, te estoy echando.
Pablo reacciona de golpe.
-¡Joder! ¡No estás solo! Habérmelo dicho antes, habría ido a comerle la cabeza a otro.
Dani le quita importancia.
-Da igual, tampoco es para tanto.
-Oye, ¿la conozco? –dice Pablo mientras vuelve para dentro y empieza a cotillear buscando una pista. Dani le para antes de llegar al pasillo y empieza a empujarle dirección a la puerta.
-No, no la conoces ni la vas a conocer. Ahora vete y descansa y déjame a mi con lo mío.
Pablo se para en al puerta y le mira, ahora con gesto divertido.
-¿A quien tienes ahí dentro, que tanto ocultas?
-A tu hermana, no te jode. Anda, déjame en paz, luego te llamo.
-Vale, vale, ya me voy… Encima que vengo a verte prontito para que te cunda el día…
Dani cierra la puerta mientras se ríe y resopla, aliviado. Por la puerta de la habitación, de puntillas, sale Andrea.
-¿Crees que se huele algo?
-Si se oliera algo no estaríamos aquí –dice Dani acercándose a ella. La agarra por la cintura y le da un beso en la frente.
-¿Y no se lo vamos a decir nunca? Con cualquier otro se enfadaría, pero contigo… Si eres su mejor amigo.
-Pues por eso, Andy, por eso. Como se enteré en un mal momento él se quedaría sin amigo, pero creo que tú te quedarías sin novio. Se lo diré, de verdad, pero espera a que se calme un poco.
Ella sonríe y entrelaza las manos tras su cuello.
-Te doy una semana. Si no se lo dices tú, lo haré yo. Total, yo creo que la sobreprotección no se le va a pasar nunca, así que posponerlo más me parece absurdo.
-Ay, Dios mío. Es que mira que hay mujeres… y tener que enamorarme de ti… hay que ser suicida.
Andrea sonríe, le coge de la mano y le va arrastrando hacia el dormitorio.
-No fue culpa tuya, es que no pudiste evitarlo: soy la única mujer en el mundo con la que no deberías estar. No hay mayor tentación que esa. Bueno, mi atractivo natural también colaboró… pero de forma secundaria. Puedes decirle eso a Pablo: la culpa es tuya por hacer creer que tu hermana era intocable.
-Si el digo eso, me mata.
-Te va a matar de todas formas… así que vamos a disfrutar mientras podamos. –Enreda sus manos en el pelo de Dani y le dice al oído- Porque, tenlo claro: no pienso salir contigo después de que mi hermano te dé una paliza.
Cómo respuesta, Dani le hace cosquillas y ambos caen, riendo, sobre la cama.
-Te quiero –susurra Andrea.
-Lo sé –añade Dani, con ternura, antes de volver a besarla.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Dejarse llevar

La risa contenida de Ana rompió el silencio nocturno. Se deshizo de la chaqueta y el bolso dejándolos tirados en la puerta del jardín y se dirigió a la piscina con la botella en la mano. Detrás iba Raúl, tan protector como siempre, que la observaba con una sonrisa en los labios mientras ella bailaba al son de su propio tarareo. Mientras le daba un trago a la botella, Ana se le quedó mirando. Estaba preciosa, con el pelo completamente suelto y un hombro al descubierto. Bajó la botella y se la acercó a Raúl.
-¿Qué pasa? ¿Quieres un trago?
Raúl cogió la botella mientras ella se limpiaba la boca con el brazo.
-Que femenina que eres a veces.- Añadió con sorna antes de beber.
Ana le hizo una mueca y se dio la vuelta para seguir bailando. Se movía con cierto estilo, a pesar del exceso de alcohol y del tamaño de sus tacones. De pronto se paró y miró a Raúl con mirada traviesa. Él se echó a temblar: conocía esa mirada.
-¿No te apetece darte un baño?
Lo veía venir.
-¿Ahora? ¿Con este fresco?- Raúl intentó alejarla del bordillo-Quita, quita, que ahora te mojas y te resfrías…
-Joder, que pesado te pones, sólo tú te preocupas por un resfriado en una situación así. Mira, -dijo señalando el centro de la piscina, donde se reflejaba una gran esfera blanca- hasta la Luna se está dando un bañito.
-A ver, Ana, siéntate aquí conmigo y relájate, que llevamos una noche fina los dos y lo único que nos falta es volver calados a casa.
-Pues precisamente por eso, estoy cansada de darle vueltas a la cabeza. Me apetece un baño, me lo doy. Así de simple.
Apuró lo que quedaba de la botella y se bajó de los tacones. Raúl empezó a dar la situación por perdida.
-Que sepas que yo no pienso meterme ahí.
-Ese es tu problema: que piensas demasiado las cosas. Pensar es aburrido, lo divertido es, simplemente… dejarse llevar.
Y, dicho esto, se quitó el vestido, se lo arrojó a Raúl y se tiró de cabeza al agua.
-Está buenísima, no sabes lo que te pierdes.
“Claro que lo sé”, pensó Raúl, “hasta la Luna parece estar disfrutando.”
Y, de pronto, se olvidó del frío, de los problemas y de la hora que era. Se quitó los zapatos, se desabrochó la camisa y, simplemente, se dejó llevar.

jueves, 26 de agosto de 2010

Para regalo

-Lo digo en serio, ese hombre me ha robado el corazón.
-Por favor, Diana, no seas hipócrita, si prácticamente lo envolviste para regalo nada más conocerle.
-Pero ¿qué dices?
-Lo que digo. Sólo te faltó ponerle un lazo rojo.

lunes, 2 de agosto de 2010

La chica del cumpleaños

-¡Dios mío, tengo el pelo hecho un asco! –Se queja Daniela frente al espejo del baño. -¿Llevo toda la noche con estas pintas?
Sonia le contesta sin dejar de hacerse la raya del ojo.
-Tampoco se nota tanto. Mójalo un poquito y conseguirás algo decente.
La música del local llega de fondo al baño, con lo que allí se puede hablar con relativa tranquilidad, sin necesidad de recurrir a los gritos.
-En fin, ¿has visto a Bruno? ¡Y dijiste que no vendría! ¡Ese chico besa el suelo que pisas! Además, no me puedes negar que está increíblemente guapo. ¿Crees que esta noche… puede pasar algo?
-No sé yo qué decirte.
-Yo si. Además, ¡eres la chica del cumpleaños! No puede negarse.
Sonia sonríe mientras se mira en el espejo. Aunque enseguida tuerce el gesto y mira a Daniela.
-Lleva toda la noche ignorándome. Pensé que era para hacerse el interesante y el tipo duro, pero ya no estoy tan convencida de que sea una pose.
-¿A qué te refieres?
Sonia siguió hablando mientras buscaba un esquivo pintalabios en su pequeño bolso.
-No ha venido solo. Y no me refiero a la panda de amigos idiotas que le siguen a todos lados, sino a que ha venido con dos chicas, a las que no conozco de nada, para repasarme por la cara que hay mas gente.- Encontró lo que buscaba y empezó a teñirse los labios de rojo. -Es patético.
-Las he visto, pero no hay nada con ninguna de ella, seguro. Está claro que intenta hacer como que ha pasado página, pero es imposible. Yo le vi al mes de que le dejaras y estaba hundido. Si está aquí es porque quiere verte, eso no lo dudes.- Mientras hablaba, Daniela se humedecía los rizos, sin demasiado éxito.- Además, ¿te has fijado bien en esas chicas? No te llegan ni a la suela del zapato. Bueno, a la del tacón.
Sonia soltó una carcajada.
-Lo sé. Además, tú lo has dicho: es mi cumpleaños, así que se hará lo que yo diga.
-¿Me dejas el pintalabios? A ver si así eclipsamos un poco lo de mi pelo…
Mientras Daniela se pinta y Sonia se ahueca el peinado, una chica de vestido azul sale de uno de los baños. Se acerca a ellas despacio y, mientras se lava las manos, las mira por el espejo y sonríe inocentemente. Sonia, que se da cuenta, se da la vuelta y la mira.
-¿Tienes algún problema?
-Eres Sonia, ¿no? La chica del cumpleaños.
-Si. ¿Y tú eres…?
-Perdona, no nos han presentado. –Contesta la chica de azul mientras se seca las manos con una toallita de papel- Soy Paula, una de las amigas de Bruno que no te llega ni a la suela del zapato. Perdón, del tacón. Si hemos venido es porque ofreces barra libre y porque Bruno quería demostrarnos que lo había superado. Ahora que hemos bebido y que él ya ha dejado claro que te ignora con mucho estilo, creo que podemos irnos. Ha sido un placer.
Dicho esto, Paula se gira y, a trompicones por la cantidad de chicas que hay, intenta salir del baño. Sonia está roja, pero no de vergüenza, sino de rabia. Querría gritar, saltar, patalear, y agarrar de los pelos a la tal Paula que, de pronto, se para y se gira antes de salir.
-Por cierto, feliz cumpleaños. Seguro que disfrutas mucho de la fiesta, porque, ya sabes, a la chica del cumpleaños no se le puede negar nada.
Y se aleja con una sonrisa y una satisfacción plena. Lleva 4 meses oyendo hablar de Sonia y viendo a Bruno sufrir por ella. Pero esta noche no. Esta noche es el principio de una nueva etapa. Y en ella no hay sitio para la chica del cumpleaños.

martes, 27 de julio de 2010

Dos cajones

Estaba nerviosa. No; estaba muy nerviosa. Se pasó todo el viaje en taxi jugueteando, bueno, destrozando lo que quedaba del billete de avión y absorbiendo el paisaje que se asomaba a sus ojos por la ventanilla. Los 20 minutos de trayecto desde el aeropuerto se le habían hecho eternos y ahora, por fin, estaba ya allí. 5º piso, puerta B. Tal y como Guillem le había dicho, la llave estaba en la parte de arriba del marco de la puerta. Ángela sonrió, pensando que si llega a ser unos centímetros más bajita no habría llegado a coger la llave. Se quedó unos segundos mirando el llavero: una pequeña caracola. El espíritu playero de Guillem estaba presente incluso antes de entrar en su casa. Introdujo la llave y se adentró en esa aventura mientras una sensación, algo indescriptible, se apoderaba de ella.
Se trataba de un piso sencillo: el salón y la cocina estaban prácticamente unidos, separados sólo por una barra americana que tenía encima unas alacenas. Ángela se adentró en la casa y dejó la maleta junto a uno de los sofás y la chaqueta sobre el otro, situado frente a una gran televisión. Sólo había una puerta, la del dormitorio. Era bastante amplio, con una enorme cama con una colcha de círculos azules y blancos y una cómoda color chocolate, como las mesillas de noche. A la izquierda, una pequeña puerta conducía al baño, al que Ángela se asomó brevemente. De vuelta al salón, cuando se dirigía a abrir la terraza (espaciosa, con una mesa, dos sillas de plástico y algunos tiestos) se fijó en que, sobre la encimera de la cocina, había un folio doblado y apoyado en el frutero. Por fuera sólo ponía su nombre en enormes letras negras. Mientras lo desdoblaba, salió a la terraza y se acomodó en una de las sillas. Con sólo leer una línea, empezó a sonreír:

¡Buenos días, mi chica de la capital!
¿Cómo ha ido el viaje? Siento no estar ahí para darte la bienvenida que te mereces, pero prometo compensarlo con una buena cena. Estaré ahí en una hora más o menos, así que ponte cómoda: mi casa es tu casa. Hay toallas en el segundo armario, por si quieres darte una ducha, y tienes un par de cajones vacíos por si deshaces la maleta (sí, lo sé, sólo vienes unos días, pero puedo hacerme una idea del tamaño que debe de tener tu maleta…jaja!).
Me encanta que estés aquí. Te veo ahora.
Un beso de esos con sabor a sal, que tanto te gustan.
Guillem
PD: estás muy, pero que muy guapa.

Ángela dejó el papel sobre la mesa y miró hacia el mar. Guillem era un cielo, la hacía sentirse a gusto incluso sin estar presente. Le había abierto su corazón. Y su casa. Y le había dejado dos cajones en su cómoda. Madre mía. De pronto empezó a agobiarse. ¿Y si no estaba a la altura? ¿Y si la relación a distancia había sido fácil porque cuando estaban juntos no funcionaban? ¿Y si en unos días… destrozaban meses? ¿O, mejor dicho, los destrozaba ella?
No. Había que pensar en cosas positivas, ser optimistas. Guillem era un encanto, y tenía un humor impecable. Sobrevivirían a una pequeña convivencia… ¿no?
De pronto, sin dudarlo un momento, volvió a doblar el folio y lo dejó sobre la encimera. Recogió la maleta y la chaqueta y cogió las llaves para dejar cerrada la casa del chico de sus sueños.

Media hora después llegó Guillem a casa. Le extrañó encontrarla cerrada, tal y como la había dejado. Dentro no había señales de vida, todo seguía tal y como estaba por la mañana, incluyendo la nota de la cocina. Miró el reloj. Había llamado al aeropuerto y sabía que el vuelo había llegado a su hora, y era imposible que Ángela siguiera dando vueltas en un taxi.
Se asomó al dormitorio. Nada, no había ni una arruga en la colcha. Tuvo entonces un mal presentimiento y se sentó en la cama. ¿Podría ser que se hubiera arrepentido, qué se hubiera ido? No, no podía ser. Llevaban semanas planeando esa escapada, no podía haberse echado atrás.
Se levantó y se dirigió al baño, necesitaba refrescarse un poco. Y, nada más entrar, volvió a sonreír. En frente suyo, escrito con carmín en el espejo, podía leerse:
Tú si que estás guapo.
Y, por detrás de él, surgió Ángela con una sonrisa de oreja a oreja y una mirada pícara. Corrió hacia él, que la cogió en brazos y la besó con ganas.

-Te lo has creído, ¿eh?
-Ni por un momento.- Miente Guillem, mientras la mira con sus ojos azules –Por cierto, es verdad.
-¿El qué? –pregunta Ángela, con las piernas enredadas en su cintura.
-Estás muy, pero que muy guapa. –dice él, antes de volver a besarla.